15 abril 2008

Ochenta y uno

Llevo un rato empujando al pingüino, pero sin dejar que se caiga. Supongo que es una metáfora, aunque en verdad no.

El pobre hace equilibrios patéticos sobre el hielo, y recuerdo tu risa cuando se caía. La risa que te provocaban las cosas absurdas.

Y yo llevo lo que me parece eterno agarrándome la vida por dentro, para evitar que salga, y se escape. Para que el equilibrio no se rompa, y caiga del hielo al mar, y todo se pierda, diluido.

Y me pregunto por qué caigo, si es por las mentiras, las traiciones o por intentar coger el pez que vuela sobre mí.

Pero caigo. Me aferro a la idea de que estoy a punto, de que puedo recobrar el equilibrio moviendo los brazos en un estúpido aleteo, de que en un momento dejaré de sentir los empujones que me acercan a la oscuridad del océano, que me agarraré con la punta de los dedos, que clavaré las uñas, que, una vez más, me salvaré.

Pero ya caigo. Estoy en el aire. No te oigo reir.

Sólo espero el
chof.



Etiquetas: ,

12 noviembre 2007

Ochenta

Preparados, listos, ¡ya!

-Te quiero...
-Ah, ¿sí? ¿Cuánto?
-¡Mucho!
-¿Cuánto es mucho?
-Un montón... como de aquí hasta mi cuarto.
-¿Sólo?
-Sí, pero yendo en el otro sentido. Dando toda la vuelta.

-Vaya, sí que me quieres.
-¿Y tú? ¿Me quieres?
-Claro que sí, gordo.
-¿Cuánto?
-Te quiero... ¡te quiero infinito!
-Vaya, no te andas con chiquitas, ¿eh? ¿No vas a querer galletas con el café?
-No, tómatelas, anda. Tu turno.
-Mmmm... ¿infinito más uno?
-Sigue siendo infinito, ya lo sabes. Pásame una servilleta, anda.
-Toma. Vale, ya lo tengo, desde menos hasta más infinito. Toda la recta, con todos los decimales y todo.
-Pues yo te queiro la Eternidad.
-Yo te quiero más, entonces.
-No hay nada mayor que la Eternidad.
-Claro que sí, la Eternidad es de aquí en adelante. Los números Reales son más. De hecho, añado los Irreales o Irracionales, también.
-No, la Eternidad es más. Aúna tiempos pasados y futuros, lugares e incluso dimensiones.
-Buenos días...
-'Nos días. Oye, ¿qué es más, el infinito con el conjunto de los números Reales e Irracionales, o la Eternidad?
-¿Cómo?
-Sí, ya sabes. ¿Qué es más? ¿Te quiero infinito o te quiero la Eternidad?
-No.
Portazo
-Buena respuesta...
-Sip... Yo te cuero infinito, oh, ma corasooon...
-¿Qué es eso?
-Los Clash.
-Si los Clash sonaran como tú, nadie habría tachado el London Calling de obra maestra.
-Ñiñiñiñi... Pues, ¿sabes? Yo te quieio en unidades de la escala espaciotemporal de Lovecraft.
-¿Qué dices?
-Sí, ya sabes: "No está muerto lo que puede yacer eternamente, y con los extraños evos aún la muerte puede morir..." Te quiero más alla del alcance de los Perros de Tíndalos.
-No me he enterado de nada, pero la eternidad es más; y terminate el café, que llegarás tarde.

Etiquetas:

01 octubre 2007

Setenta y Nueve

Es curioso ver cómo las nubes son negras al amanecer, cuando el sol resplandece en oro por detrás, y los millares de hilos de luz que se filtran actúan como resortes de fe.

En mi caso siempre es una crisis de fe: te planteas si no va a ser cierto que exista un dios hermoso detrás de todo. Afortunadamente, luego vuelvo a pensar un poco y se me pasa.



Y sigo en el tren, que atraviesa asfalto y tierra con la misma facilidad; que penetra las entrañas de la urbe, o la corta por la mitad como cicatrices insalvables; que separa y une, devorando siempre el acero de sus vías, con sus muelas redondas, gastadas y chirriantes.



Etiquetas:

21 septiembre 2007

Setenta y Ocho

Los niños de piel de látex rasgueaban sus instrumentos con sus brazos de metal. Una vez melódicos, ahora sólo eran capaces de entonar dolor; el rechinar del vidrio y del alambre sobre el acero les acompañaba allá donde fueran, como un halo maldito de desolación. La falta de lubricante para sus extremidades actuaba de coro en un pandemonium de desesperación.

Las bocas desdentadas de los edificios exclamaban de terror a su paso, seguido por cientos de ojos negros, secos y vacíos. Nubes de cenizas se levantaban a su alrededor, amortiguando sus pisadas descalzas, arrastradas, lastimosas... Cadenas invisibles los retrasaban, entorpeciéndoles el paso.

Uñas de PVC raspaban lánguidamente hilos de nylon y cobre; dedos de goma tamborileaban al ritmo del vaivén de sus gordas cabezotas...

Recordaban inconscientemente cuando eran unos pocos; ahora eran Legión. Su llanto oxidado podía permanecer horas en las entrañas muertas de los edificios, días, con los ecos resonando en las cañerías y pasillos. Recordaban cuando sus voces llenaban de risa y alegría avenidas y campos, parques y subterráneos. Recordaban, y se lamentaban.

Y con su lamento hacían ver a todo lo demás algo que olvidaron hace mucho: que estuvieron vivos, y ya nunca más.




Etiquetas: ,

03 septiembre 2007

Setenta y Siete


Hacía mucho tiempo que no lo hacía. Sus dedos crujieron como el papel al rodear con fuerza la piel gastada de la empuñadura. Pero es donde su mano debería estar. Todos los callos de su mano, las heridas y cicatrices, coincidían y se amoldaban a las curvas que producían las tiras de cuero.

La hoja estaba gastada, y algo sucia cerca de la guarda, quizá de algo de sangre seca que no limpiara bien la última vez, con las prisas. De todas formas, a pesar de las durezas que recubrían el pulgar, podía notar perfectamente el filo, y cómo este pretendía introducirse en la carne a través de la piel.

Volvió a dejar la daga en la funda de piel, y la envolvió con ella, con tristeza y solemnidad, como si amortajara una parte de sí.

Hacía años que había abandonado ese camino, para escribirse unas nuevas líneas, y salirse de lo que había planeado. Abrió el cajón, levantó el falso fondo, y escondió el paquete como si se tratara de un tesoro. Volvió a colocar la madera, como la tapa del ataud, y enterró el acero en la madera.

Hacía años que había abandonado ese camino, pero nunca había llegado a engañarse tan bien como a los demás. La sed de sangre le seguía consumiendo por dentro, como un fuego que nunca se había apagado. Encendió un cigarro, con las manos temblorosas. Se colocó el pelo con la mano, inentano peinar de alguna forma las canas que le caían sobre la frente.


Cigarrillo en mano, salió del garaje. En el jardín trasero le esperaban para soplar las velas su mujer, su hija, y el gilipollas de su yerno.


Etiquetas: ,

29 agosto 2007

Setenta y Seis

imbecilidades variadas



Peque...


Lo siento. Y lo digo de verdad.

No sé qué me pasa últimamente, pero de un tiempo (largo) a esta parte me he dado cuenta de que no hice más que cagarla contigo. Y es algo que no entiendo; no sé si es algún tipo de actitud masoquista u odio interno a mí mismo, porque cuando me enfadaba contigo, o cuando hacía que te enfadaras conmigo, en verdad es como si me arañara el corazón o me desgarrara el pecho. Te quiero. Te quiero mucho, y eres lo más preciado que tuve, y yo, como un crío idiota, me dediqué a hacerte mal, a tratarte de forma egoísta y caprichosa. Y lo que más me jode es que, aún así, tú me decías que me querías; que me querías porque era bueno contigo. Y encima me lo creía, y me olvidaba de todo el mal que te hacía, "porque era bueno contigo".

Y nunca supe cómo cambiarlo, porque nunca supe por qué lo hice. Un día, porque estaba cansado del trabajo, con la espalda hecha polvo y la cabeza ardiendo, y me jodía tener que llegar a casa y ponerme a mediorrecoger, y saltaba a la mínima; otro, porque me dolía todo de haber dormido en el sofá, y así vete tú a saber qué más... Pero ya no importa, porque son sólo excusas que no sirven cuando se tienen por sistema. Así que no entiendo qué clase de problema tengo, ya no contigo, sino conmigo mismo. Me da igual que sea un trabajo, un juguete, una amistad o un tesoro, que siempre termino jodiendo lo que me importa y lo que me agrada.

Me parece lo más lógico del mundo que me devolvieras las llaves; no entiendo que quisieses volver a casa, a ver si se me quitaba la estupidez de encima, o es algo que me ha calado tan hondo que ya es un tufo perenne. Yo, desde luego, no querría verme y aguantarme así. Pero, por otra parte, cuando pienso que esta noche llego a casa y no estás, los ojos me aprietan, y la garganta se me hace un nudo.

Y sé que esto no es manera de decir las cosas, pero al menos me ayuda a tomarme mi tiempo para decir cada cosa, a respirar un poco. Contigo delante sólo puedo quedarme callado, avergonzado, incapaz de decir nada.

Así que, otra vez más, lo siento. Ojalá hubiera podido retenerte junto a mí para siempre.



Etiquetas: ,

22 agosto 2007

Setenta y Cinco

Vio un paisaje colosal. Atravesar las montañas por la garganta le había dejado sin aliento, tras pasos y pasos interminables sobre la piedra, entre la piedra y bajo la piedra; pero la visión que obtuvo al salir casi le mató. Desafiante, una cordillera de siete picos se alzaba ante él, y, a sus pies, se perdía un frondoso pubis esmeralda. Una neblina cubría todo el valle, dándole un aspecto mágico y siniestro. Se oía el ruido del agua al caer desde gran altura, y el canto hipnótico de pájaros desconocidos. Rayos de sol se filtraban de entre las nubes, creando unos dedos luminosos que descendían para prender las superficies que rozaban de luz y de calor.

El aire no le alcanzaba para respirar, de lo insignificante que se había vuelto; él, que hasta hace poco más de cuatro pasos se enorgullecía de su poder y capacidad, que se reía de su superioridad sobre todo aquello que le envolvía, se encontraba ahora completamente absorbido por el objeto de su desprecio.

El bastón le cayó al suelo, las manos temblorosas, y la cara en un rictus de ahogo y sorpresa, con la boca medioabierta, la lengua asomando y los ojos fuera de las órbitas. Sentía como un puño etéreo le atravesaba el pecho y le oprimía directamente el corazón, y otros le exprimían los pulmones, sacandole todo el aire.

Eructó. Alzó los brazos al cielo y emitió un grito desafiante que resonó por todo el valle e hizo aletear a numerosas aves. Recogió su bastón del suelo, y comenzó el descenso por los gastados y antiquísimos escalones de piedra. Nunca había cejado en su empeño, y no iba a ser ahora un gas el responsable de su fracaso.


Y menos estando ya tan cerca del final...

Etiquetas:

17 julio 2007

Setenta y cuatro

Los pantalones de cuero le daban calor. Y la chupa. ¿Y por qué coño tenía que ser negra también la camiseta?. El heavy no está pensado para La Mancha. No en julio, desde luego. Pero bueno, piensa, si no soy capaz de resistir treinta y cinco grados a la sombra no soy digno de sentir todo el poder del metal circulando por mis venas.

Busca algún sitio donde sentarse, que tenga algo de sombra. Hay una especie de placita donde se unen dos de las seis calles del pueblo. Y hay árboles y bancos, y un cesped con una valla metálica bajita para que se enganchen los borrachos al pasarla. Y hay una fuente en medio; completamente seca.

Ramón se sienta en el banco. Los pies en el asiento. Saca un cartucho de pipas de uno de los bolsillos de la chupa y empieza a comer. Mala idea, ahora tiene la garganta seca; y verás como se le atragante un trocito de pipa. Carraspeando y paranoico se levanta y va hacia un súper que había visto tres calles más atrás, a la entrada del pueblo.

A los cinco minutos vuelve al mismo banco: no es plan llenar toda la plaza de cáscaras de pipas, tío, y saca una litrona de cerveza. La abre con un mechero, y da un trago largo. Un golpecito en el pecho, y gas fuera. Casi como a un bebé, piensa. Sí, un bebé de metro setenta, con greñas y enfundado en cuero, sudando como un cerdo, en medio de la nada.

Me cago en el manager de los Belcebú, coño. ¿A quién se le ocurre organizar un puto concierto aquí en medio de ninguna parte?


Un viejo pasa por delante de él, y se le queda mirando, tranquilamente. Ramón asiente con la cabeza a modo de saludo y vuelve a beber cerveza. Otro trago largo, y otra vez como un bebé. Hace el gesto de mirar su reloj, pero para ir conjuntado lo ha dejado en casa, trayendose una de las muñequeras de pinchos que tanto odia su madre: ¡pareces un mamarracho!

Saca de nuevo las pipas, y unos auriculares de diadema, y le da al play en el walkman. Unos leves aullidos estruendosos y agudos empiezan a envolverle. Con una mano sostiene el cartucho de pipas y se las va echando en la boca, mientras que con la otra mantiene el ritmo de la batería.





Empieza a sonreir, y a subir el volumen: los Belcebú suenan de la ostia, y esta noche le esperan en su Valhalla particular...

Etiquetas: