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Ochenta y Tres

Nuria B nunca había visto el mar. Creció pobre y sola en medio de la nada, del polvo, de las cenizas, de las hojas secas. Podía distinguir setenta y tres variedades de grises, y noventa y ocho de marrones; tres de verdes, y dos de azul. Nuria B quería ampliar su espectro cromático; necesitaba nuevas palabras para describir lo que veía, y necesitaba cosas nuevas que ver.

Nuria B caminó mucho tiempo, pasando sed, calor y hambre. Disfrutando de la compañía de aquellos que la recogían o acompañaban por el camino, reconfortados por sus palabras; sufriendo la compañía de aquellos que la recogían o acompañaban por el camino, siguendo el rastro de su olor.

Nuria B lloró mucho durante el camino; como aquella vez que dos chicos jóvenes y guapos la recogieron, trataron bien, dieron de comer y de beber, y luego, cuando la cabeza daba vueltas, la violaron entre los dos. ¿Te gusta, puta? Paga lo que hemos hecho por ti. O aquella otra en que se encontró un perro famélico en una cuneta, moviéndose apenas, con la lengua fuera, seca como un trozo de cuero viejo y los ojos comidos por moscas que bailaban al son macabro y repetitivo de sus alas.

Nuria B conoció a un hombre encantador; compartían destino. Caminaron durante días, los pies gastados, los cuerpos polvorientos y sudorosos; las caras sonrientes cuando se cruzaban sus miradas. El hombre trató a Nuria B con cariño, y respeto. Déjame que te ayude a pasar por aquí, le decía. ¿Estás cansada? Podemos parar, si quieres. Dormían abrazados, para darse calor en las noches frescas; siempre tenían frío por la noche.

Nuria B apareció un día, en una playa. La encontraron un padre y su hijo, las manos atadas, los ojos muy abiertos, la garganta cortada. Y surcos de lágrimas en las mejillas.

Ochenta

Preparados, listos, ¡ya!

-Te quiero...
-Ah, ¿sí? ¿Cuánto?
-¡Mucho!
-¿Cuánto es mucho?
-Un montón... como de aquí hasta mi cuarto.
-¿Sólo?
-Sí, pero yendo en el otro sentido. Dando toda la vuelta.

-Vaya, sí que me quieres.
-¿Y tú? ¿Me quieres?
-Claro que sí, gordo.
-¿Cuánto?
-Te quiero... ¡te quiero infinito!
-Vaya, no te andas con chiquitas, ¿eh? ¿No vas a querer galletas con el café?
-No, tómatelas, anda. Tu turno.
-Mmmm... ¿infinito más uno?
-Sigue siendo infinito, ya lo sabes. Pásame una servilleta, anda.
-Toma. Vale, ya lo tengo, desde menos hasta más infinito. Toda la recta, con todos los decimales y todo.
-Pues yo te queiro la Eternidad.
-Yo te quiero más, entonces.
-No hay nada mayor que la Eternidad.
-Claro que sí, la Eternidad es de aquí en adelante. Los números Reales son más. De hecho, añado los Irreales o Irracionales, también.
-No, la Eternidad es más. Aúna tiempos pasados y futuros, lugares e incluso dimensiones.
-Buenos días...
-'Nos días. Oye, ¿qué es más, el infinito con el conjunto de los números Reales e Irracionales, o la Eternidad?
-¿Cómo?
-Sí, ya sabes. ¿Qué es más? ¿Te quiero infinito o te quiero la Eternidad?
-No.
Portazo
-Buena respuesta...
-Sip... Yo te cuero infinito, oh, ma corasooon...
-¿Qué es eso?
-Los Clash.
-Si los Clash sonaran como tú, nadie habría tachado el London Calling de obra maestra.
-Ñiñiñiñi... Pues, ¿sabes? Yo te quieio en unidades de la escala espaciotemporal de Lovecraft.
-¿Qué dices?
-Sí, ya sabes: "No está muerto lo que puede yacer eternamente, y con los extraños evos aún la muerte puede morir..." Te quiero más alla del alcance de los Perros de Tíndalos.
-No me he enterado de nada, pero la eternidad es más; y terminate el café, que llegarás tarde.

Cincuenta y dos

- En serio... ¡me teneis hasta la polla, ya!
- ¡Pero bueno, tío, a ti qué te pasa!
- ¡Que estoy harto ya de todo!
- ¡Qué coño dices!
- Que sí, joder, que estoy harto. Me teneis harto. No aguanto más vuestras gilipolleces, ni vuestras estúpidas manías, ni vuestros "jo, qué chungo estoy, que mierda de vida llevo". No teneis ni puta idea de lo que es tener una vida de mierrrda; pero ninguno, ni puta idea.
- ¡Te quieres tranquilizar!
- No me sale de los huevos, hombre. Que es que ya estoy mu quemao, joder. No hago más que ver como no haceis nada, como estais ahí, fumando porros, viendo la tele y oyendo esa mierda de música, que es una puta mierda y no hay quien la soporte, y luego os quejais.
- Y tú fumas porros con nosotros también. Y ves la tele...
- Y escucho esa mierda de música, porque no me queda más remedio, porque la poneis a toda ostia y, quiera o no, me la meteis por los oidos. Y sí, fumo porros, vale, y veo la tele. Pero no quiero que mi vida se base en eso. En porros y tele, joder. Eso y quejarme.
- ¿Pero qué coño te pasa?
- Ya os lo he dicho, que me tocais los huevos. Me tocais los huevos con esa pose seudoartística, bohemia de mierda con los gastos pagados por papá, droga incluída. Que no soporto ese rollo de guays, de ir de independientes con ropa de aspecto raída y cutre, pero que vale lo que gano yo en una semana en el bar. Que me jode que vayais a la universidad a fumar porros y a jugar a la pelotita esa de mierda, o a los palos esos de tirarlos al aire y matar a una vieja.
- ¡Que te jodan! Yo no soporto tu incapacidad para convivir en paz en el mismo plano que los demás!
- ¡Que te jodan a ti, payaso! Sois vosotros los que no estais en el mismo plano. No estais en ningún plano, coño: estais flotando sobre la realidad, con vuestro dinero y vuestro jachís y vuestra ropa de marca y vuestras fantasías.

Cincuenta y uno

- ¡Me haces cosquillas!
- Jejejeje
- ¡Estate quieto! ¡Para ya!
- Jejejeje... Hace un momento me decías todo lo contrario...
- Hace un momento no me hacías cosquillas, precisamente.
- ¿Ah, no? ¿y cómo llamas tú a lo que hicimos?
- Música
- ¿Música?
- Sí, música.
- Mientras no sea country...
- ¡El country me aburre!
- Por eso...
- No. Es algo más como jazz, y con algo de blues, también.
- ¿Con algo de blues?
- Sí, me apena que tanto bueno se pueda acabar; me entristece.
- ¡Vaya!
- Pero, de todas formas, sonaba virtuosamente.
- ¿Virtuosamente?
- Como Victor Wooten tocando el bajo, John McLaughlin con la guitarra, o Mike Portnoy con la batería.
- Vale... ¿me estás diciendo que follo como toca el Wooten el bajo?
- Algo así...
- Uau... ¡Vaya!
- Además, conoces estupendamente el instrumento con el que trabajas.
- ¿Instrumento?
- Metafóricamente, sí. Sabes afinarlo perfectamente; y sabes cómo hacerlo sonar bien, sabes qué estás tocando.
- ¿Cómo?
- Hay gente que toca el bajo como si fuera una guitarra, o un cajón flamenco como si fuera un djembé, o, yo qué sé, el piano como un órgano.
- Y luego están los que nunca fueron a solfeo...
- Y también están los que tienen un don, ¿no?
- Jejeje... Gracias por la parte que me toca... Pero no me hace mucha gracia que te quedes fuera; si yo soy McLaughlin, ¿tú qué eres? ¿una guitarra?
- Exacto.
- Entonces dime: ¿qué diferencia hay entre tocarte a ti, o un solo de zambomba, si sólo sois instrumentos musicales?
- Que no es la misma música la que se obtiene con la zambomba que conmigo, idiota.



Cuarenta y seis

- Bufff... joder...
- ...
- Hacía tiempo que no follaba tanto. Tanto ni tan bien...
- Yo hacía tiempo que no follaba.
- Jejejeje... La verdad, no lo entiendo.
- Yo tampoco. Y hago por no entender. Es más sano.
- Eres raro, ¿lo sabes? Pero en el buen sentido, como especial.
- Y a mí me gustan tus lunares.
- Jajaja...
- Sobre todo, ese.
- ¿Cuál?
- Ese, el que tienes ahí abajo. ¿No lo has visto?
- ¡Qué idiota! ¿Te fijaste?
- ¡Ey! Estuve ahí un buen rato, como para no fijarme...
- ...
- ...
- ¿Sabes qué?
- ¿Qué?
- Que te quiero...
- Yo a ti no, ya lo sabes.
- ¿Por qué coño me lo tienes que recordar siempre?
- Eres tú la que me lo recuerda.
- ¿Tanto te cuesta fingir?
- ¿Te dolería menos, acaso?
- Mientras estuviéramos juntos, sí.
- Pero te morirías cuando te quedaras sola.
- Me moriría igual sin ti, imbécil.

Cuarenta



- ¿Me estás escuchando?
- ¡Claro que sí!
- No es verdad... ¿qué decía?
- Que la leche desnatada...
- ¡Joder!
- ¡Qué!
- ¡Que te estoy dejando, coño!
- ¡Venga ya! ¿Por qué?
- Porque no me haces ni puto caso
- ¡No me jodas!

Treinta y nueve

- ¡Joder, el autobus!
- Nah, no era ese. Ese es el 152, no nos lleva a ninguna parte...
- A algún lao llevará, ¿no? Menuda gilipollez de autobús, si no...
- Va a la estación de autobuses.
- ¡Coño! Como todos...
- No, imbécil. Este va a la estación de autobuses, de los de largo recorrido...
- ¿Y dices que no lleva a ninguna parte? Joder, es un primer paso cojonudo, ¿no crees?
- Este que viene ahora sí es el nuestro; cruza rápido...
- Me parece más interesante el otro.
- No te pongas romanticón ahora. ¿Dónde coño te ibas a ir? ¿A ver mundo?
- Vale, déjalo. Ehhh... ¿Me puedes picar tú?
- No, es el abono del mes, no me deja. Toma un euro.
- Gracias.
- ¿Y tu abono?
- Creo que me lo quitó mi gemelo maligno.
- ¿Tu qué? ¿Qué me estás contando?
- Mi gemelo maligno. Todos tenemos un gemelo maligno, ¿no lo sabías?
-¿Qué coño dices?
- Un gemelo maligno, joder... Un tío que es igual que tú, pero que no hace las mismas cosas que tú. Normalmente no tiene nada que ver contigo... Ahí hay un par de asientos libres.
- Vamos.
- Lo que te digo, No tiene nada que ver, y hace cosas que tú normalmente no haces.
- Ah, creo que sé de qué me hablas...
- ¿Sí?
- Sí... ¿recuerdas cuando te dijeron que me había liado con tu hermana? No era yo, era mi gemelo...
- Que te jodan, payaso. Hablaba en serio.
- Eso no te lo crees ni tú.
...




¡Brum, Brum!