El polvo. El polvo se acumulaba, acolchando la superficie. Gráciles volutas brillaban y resplandecían al sol, antes de posarse es silencio, solemnemente.
Sus dedos dejaban surcos de luz,de madera reluciente en barniz. Horadaba la superficie del tiempo acumulado, olvidado, con una promesa.
Si no limpiaba esa suciedad, su alergia terminaría matándole.
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Ochenta y Tres
Nuria B nunca había visto el mar. Creció pobre y sola en medio de la nada, del polvo, de las cenizas, de las hojas secas. Podía distinguir setenta y tres variedades de grises, y noventa y ocho de marrones; tres de verdes, y dos de azul. Nuria B quería ampliar su espectro cromático; necesitaba nuevas palabras para describir lo que veía, y necesitaba cosas nuevas que ver.
Nuria B caminó mucho tiempo, pasando sed, calor y hambre. Disfrutando de la compañía de aquellos que la recogían o acompañaban por el camino, reconfortados por sus palabras; sufriendo la compañía de aquellos que la recogían o acompañaban por el camino, siguendo el rastro de su olor.
Nuria B lloró mucho durante el camino; como aquella vez que dos chicos jóvenes y guapos la recogieron, trataron bien, dieron de comer y de beber, y luego, cuando la cabeza daba vueltas, la violaron entre los dos. ¿Te gusta, puta? Paga lo que hemos hecho por ti. O aquella otra en que se encontró un perro famélico en una cuneta, moviéndose apenas, con la lengua fuera, seca como un trozo de cuero viejo y los ojos comidos por moscas que bailaban al son macabro y repetitivo de sus alas.
Nuria B conoció a un hombre encantador; compartían destino. Caminaron durante días, los pies gastados, los cuerpos polvorientos y sudorosos; las caras sonrientes cuando se cruzaban sus miradas. El hombre trató a Nuria B con cariño, y respeto. Déjame que te ayude a pasar por aquí, le decía. ¿Estás cansada? Podemos parar, si quieres. Dormían abrazados, para darse calor en las noches frescas; siempre tenían frío por la noche.
Nuria B apareció un día, en una playa. La encontraron un padre y su hijo, las manos atadas, los ojos muy abiertos, la garganta cortada. Y surcos de lágrimas en las mejillas.
Nuria B caminó mucho tiempo, pasando sed, calor y hambre. Disfrutando de la compañía de aquellos que la recogían o acompañaban por el camino, reconfortados por sus palabras; sufriendo la compañía de aquellos que la recogían o acompañaban por el camino, siguendo el rastro de su olor.
Nuria B lloró mucho durante el camino; como aquella vez que dos chicos jóvenes y guapos la recogieron, trataron bien, dieron de comer y de beber, y luego, cuando la cabeza daba vueltas, la violaron entre los dos. ¿Te gusta, puta? Paga lo que hemos hecho por ti. O aquella otra en que se encontró un perro famélico en una cuneta, moviéndose apenas, con la lengua fuera, seca como un trozo de cuero viejo y los ojos comidos por moscas que bailaban al son macabro y repetitivo de sus alas.
Nuria B conoció a un hombre encantador; compartían destino. Caminaron durante días, los pies gastados, los cuerpos polvorientos y sudorosos; las caras sonrientes cuando se cruzaban sus miradas. El hombre trató a Nuria B con cariño, y respeto. Déjame que te ayude a pasar por aquí, le decía. ¿Estás cansada? Podemos parar, si quieres. Dormían abrazados, para darse calor en las noches frescas; siempre tenían frío por la noche.
Nuria B apareció un día, en una playa. La encontraron un padre y su hijo, las manos atadas, los ojos muy abiertos, la garganta cortada. Y surcos de lágrimas en las mejillas.
Ochenta y Dos
María sube a la azotea a regar las macetas, a buscar aire fresco y el olor de la tierra mojada; sólo huele a humo de tabaco rubio encerrado y a lejía. No queda recuerdo de su juventud; Proust, en su tumba, se revuelve por María.
Con la mirada perdida en las torres, allá a lo lejos -¡qué grandes son! suspira- intenta acordarse del Róber, del Chus, de la Ana y del Migue. De las tardes en la playa sin nada que hacer, de las salidas al monte, a beber vino malo y fumar porros que le daban tanta risa y le hacían sentir tan mal luego. ¿Qué fue de la Ana? ¿Por qué nadie se dio cuenta de que el Migue no estaba como para conducir aquella noche? Y el Chus ahora ni la saluda si se la cruza cuando vuelve del mercao...
Y el Róber... Si lo hubiera sabido. Se enciende un cigarro. Al menos tiene al Marco y a la Sonia. Aunque no le hacen caso, pero qué le vamos a hacer. Ella tampoco le hacía caso a sus padres a su edad; ya se darán cuenta de lo mucho que la quieren. Aunque tarden.
Aún es pronto. La gente ya está llegando al trabajo y hay menos coches en la calle, menos atascos, menos pitíos, menos frenazos, que la ponen nerviosa y le recuerdan al Migue dando trechas con el coche. El cigarro empieza a quemarle, las caladas nerviosas. Recoge el cubo, lo vacía por los desagues, para que no suban cucarachas, y lo vuelve a llenar. En el descansillo tiene el bote de lejía, lo abre, le echa al cubo, y rellena su aroma.
Con la mirada perdida en las torres, allá a lo lejos -¡qué grandes son! suspira- intenta acordarse del Róber, del Chus, de la Ana y del Migue. De las tardes en la playa sin nada que hacer, de las salidas al monte, a beber vino malo y fumar porros que le daban tanta risa y le hacían sentir tan mal luego. ¿Qué fue de la Ana? ¿Por qué nadie se dio cuenta de que el Migue no estaba como para conducir aquella noche? Y el Chus ahora ni la saluda si se la cruza cuando vuelve del mercao...
Y el Róber... Si lo hubiera sabido. Se enciende un cigarro. Al menos tiene al Marco y a la Sonia. Aunque no le hacen caso, pero qué le vamos a hacer. Ella tampoco le hacía caso a sus padres a su edad; ya se darán cuenta de lo mucho que la quieren. Aunque tarden.
Aún es pronto. La gente ya está llegando al trabajo y hay menos coches en la calle, menos atascos, menos pitíos, menos frenazos, que la ponen nerviosa y le recuerdan al Migue dando trechas con el coche. El cigarro empieza a quemarle, las caladas nerviosas. Recoge el cubo, lo vacía por los desagues, para que no suban cucarachas, y lo vuelve a llenar. En el descansillo tiene el bote de lejía, lo abre, le echa al cubo, y rellena su aroma.
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