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Ochenta y uno

Llevo un rato empujando al pingüino, pero sin dejar que se caiga. Supongo que es una metáfora, aunque en verdad no.

El pobre hace equilibrios patéticos sobre el hielo, y recuerdo tu risa cuando se caía. La risa que te provocaban las cosas absurdas.

Y yo llevo lo que me parece eterno agarrándome la vida por dentro, para evitar que salga, y se escape. Para que el equilibrio no se rompa, y caiga del hielo al mar, y todo se pierda, diluido.

Y me pregunto por qué caigo, si es por las mentiras, las traiciones o por intentar coger el pez que vuela sobre mí.

Pero caigo. Me aferro a la idea de que estoy a punto, de que puedo recobrar el equilibrio moviendo los brazos en un estúpido aleteo, de que en un momento dejaré de sentir los empujones que me acercan a la oscuridad del océano, que me agarraré con la punta de los dedos, que clavaré las uñas, que, una vez más, me salvaré.

Pero ya caigo. Estoy en el aire. No te oigo reir.

Sólo espero el
chof.



Setenta y Seis

imbecilidades variadas



Peque...


Lo siento. Y lo digo de verdad.

No sé qué me pasa últimamente, pero de un tiempo (largo) a esta parte me he dado cuenta de que no hice más que cagarla contigo. Y es algo que no entiendo; no sé si es algún tipo de actitud masoquista u odio interno a mí mismo, porque cuando me enfadaba contigo, o cuando hacía que te enfadaras conmigo, en verdad es como si me arañara el corazón o me desgarrara el pecho. Te quiero. Te quiero mucho, y eres lo más preciado que tuve, y yo, como un crío idiota, me dediqué a hacerte mal, a tratarte de forma egoísta y caprichosa. Y lo que más me jode es que, aún así, tú me decías que me querías; que me querías porque era bueno contigo. Y encima me lo creía, y me olvidaba de todo el mal que te hacía, "porque era bueno contigo".

Y nunca supe cómo cambiarlo, porque nunca supe por qué lo hice. Un día, porque estaba cansado del trabajo, con la espalda hecha polvo y la cabeza ardiendo, y me jodía tener que llegar a casa y ponerme a mediorrecoger, y saltaba a la mínima; otro, porque me dolía todo de haber dormido en el sofá, y así vete tú a saber qué más... Pero ya no importa, porque son sólo excusas que no sirven cuando se tienen por sistema. Así que no entiendo qué clase de problema tengo, ya no contigo, sino conmigo mismo. Me da igual que sea un trabajo, un juguete, una amistad o un tesoro, que siempre termino jodiendo lo que me importa y lo que me agrada.

Me parece lo más lógico del mundo que me devolvieras las llaves; no entiendo que quisieses volver a casa, a ver si se me quitaba la estupidez de encima, o es algo que me ha calado tan hondo que ya es un tufo perenne. Yo, desde luego, no querría verme y aguantarme así. Pero, por otra parte, cuando pienso que esta noche llego a casa y no estás, los ojos me aprietan, y la garganta se me hace un nudo.

Y sé que esto no es manera de decir las cosas, pero al menos me ayuda a tomarme mi tiempo para decir cada cosa, a respirar un poco. Contigo delante sólo puedo quedarme callado, avergonzado, incapaz de decir nada.

Así que, otra vez más, lo siento. Ojalá hubiera podido retenerte junto a mí para siempre.



Cincuenta y cinco

Con las manos en los bolsillos, y la cabeza gacha, camino. Arrastrando levemente los pies, sin ganas, observando el asfalto. Camino, y camino, esquivando al mundo en cada paso arrastrado.

Recuerdo tu sol; recuerdo cómo me alumbraba por dentro, en los rincones sombríos y húmedos, allá donde nunca dejé llegar nada más que oscuridad. Recuerdo tu aliento; recuerdo cómo mordía tus suspiros en aquellas sesiones maratonianas de sexo que nunca tuvimos, y que nos seguimos debiendo. Recuerdo tu piel; recuerdo su suavidad, y su dureza, y las cosquillas que tenías, que no podías parar de reirte ni de moverte, aún a riesgo de tirarnos de la cama.

Recuerdo todas esas cosas; recuerdo las buenas, y recuerdo las malas: las horas esperando un 'te quiero' que cada vez te costaba más pronunciar sin que sonara forzado; los besos fríos en las despedidas apresuradas; las risas ausentes; las mentiras... Recuerdo...

Y sigo caminando. Con las manos en los bolsillos. Con la cabeza gacha. Contando el asfalto. Contra el mundo.

Algo húmedo golpea punzante mi nuca, y me recorre un escalofrío. Otra punzada sigue a la primera; y otra, y otra... Llueve. Llueve y me detengo. Llueve, me detengo y dejo de mirar al suelo. Miro hacia arriba, levando la cabeza muy despacio, porque el alquitrán se ha pegado a mis ojos, y no los quiere dejar volar.

La lluvia me empapa, por completo. En el cielo, la luna aparece perfectamente clara entre las nubes ligeras. Y me mira, como antaño. Y me sonríe, como siempre, como lleva haciéndome todo este tiempo. Y me río, como nunca, girando como un tonto.


Tengo todo el tiempo del mundo.




Y el tiempo es vida; y la vida reside en el corazón.



Cuarenta y cuatro

Pesadilla



He hecho en sueños lo que no quería hacer despierto. Te he gritado, y me has gritado. Me has echado cosas en cara, y te he devuelto el golpe, mucho más fuerte. Me insultaste con todos tus problemas, que yo ignoraba; a cambio, te escupí con todas aquellas tonterías que no te soportaba, las que se aguantan estoicamente, no por aguantar, sino por aprender a amarlas.

Todo era un teatro, operístico, visceral. Hiperactuábamos con unos papeles que no se correspondían con nosotros mismos, pero que sí eran sinceros, que eran reales. Me alegro de que se haya producido dentro de mi cabeza, y no fuera.

Hay veces en que no es bueno dejar salir lo que hay oculto dentro; da miedo sólo de pensarlo. A base de golpes, aprendí a mantener la boca cerrada, y a sopesar lo que se dice, antes de decirlo. Así, con cuidado, se pueden disparar letras que hagan mucho más daño.

Treinta y siete

No sé. Quizá quiera sentirme miserable. Algo más miserable, quiero decir.

He estado releyendo todos tus te quieros, todas aquellas palabras que me dijiste, aquellas notas que me escondiste tan dentro. Hoy no podré dormir; y si duermo, desde luego, no descansaré.

Acabo de rehacer todos esos paseos, esos momentos juntos en los que el mundo no era más que un gran escenario, y nosotros los protagonistas y únicos actores. Cuando el mundo no existía más allá de tu piel, cuando todo el sentido se escondía en tu interior, cuando me tocabas con tus pies fríos debajo de la sábana, buscando algo de calor, es cuando tenía sentido. Pero ya no.

Ahora vago; busco algo que no termino de encontrar. Y temo todo lo que me rodea, que me resulta extraño y hostil. El mundo dejó de ser algo cálido desde que decidiste no alumbrarlo más. Desde las sombras me acechan el miedo, la desconfianza, la soledad, la desesperanza.

El tiempo carece de sentido si no puedo pasarlo recontándote otra vez una historia que ya sabes; mis acciones son estúpidas si no te tengo para regañarme; mi piel es insensible, si no eres tú quien la acaricia.

No sé qué es de ti, ahora. Supongo que seguirás feliz, en tu mundo hecho a medida. Disfrútalo, que yo empezaré a construir el mío cuando termine de recomponer mis entrañas.



Treinta y cuatro

Te echo de menos


Quiero decírtelo una vez más, porque es ahora cuando me he dado cuenta de qué significa realmente. Ya jamás podré acariciarte la mejilla, ni jugar con tu pelo, ni morderte la espalda.


Es triste no poder decir nada más.




Treinta

Aburrido, harto de estudiar cosas que van a pasar por mi vida sin la mayor trascendencia, te recuerdo. Te recuerdo y te imagino, a partes iguales. Recuerdo cosas que hicimos y cosas que estuvimos a punto de hacer; e imagino que las hacemos, o que las hubiéramos hecho.

Te recuerdo en los bancos del acantilado, donde hacía tanto aire, y cómo tiritabas con cada golpe de salitre fresco, al que nunca te terminaste de acostumbrar. Recuerdo mis brazos rodeándote, entrando en contacto con tu cuerpo, con tu piel en zonas desprotegidas, y cómo te acurrucabas contra mí, hecha un ovillito. Recuerdo besarte la nuca, y tus escalofríos por las cosquillas de mi barba. Recuerdo tus ojos, enormes, mirándome con ese brillo. Recuerdo…

Te veo en el campo, en el río, jugando desnuda en el agua, salpicándome mientras intentaba leer y no hacer caso de tu cuerpo. Recuerdo mi enfado fingido al mojarme, y cómo salté sobre ti para pelearme, casi ahogándonos, y cómo terminamos agotados haciendo el amor en la orilla, mientras mi ropa se secaba al sol.

Recuerdo las peleas tontas por los motivos imbéciles, y las reconciliaciones basadas en el olvido y en la ignorancia de que pudiéramos hacernos daño. Recuerdo tus lágrimas empapando mi camisa por algún miedo insignificante, que para ti suponía un mundo.

Recuerdo quedarme esperando una llamada, solo en un mundo marrón. Recuerdo que esa llamada nunca llegó, y que no recordé olvidarme.




Y ahora me pregunto por qué coño tengo que aprenderme cosas intrascendentes, cuando hay tanta belleza por recordar.



Aunque no estés conmigo para compartirla.