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Ochenta y Dos

María sube a la azotea a regar las macetas, a buscar aire fresco y el olor de la tierra mojada; sólo huele a humo de tabaco rubio encerrado y a lejía. No queda recuerdo de su juventud; Proust, en su tumba, se revuelve por María.

Con la mirada perdida en las torres, allá a lo lejos -¡qué grandes son! suspira- intenta acordarse del Róber, del Chus, de la Ana y del Migue. De las tardes en la playa sin nada que hacer, de las salidas al monte, a beber vino malo y fumar porros que le daban tanta risa y le hacían sentir tan mal luego. ¿Qué fue de la Ana? ¿Por qué nadie se dio cuenta de que el Migue no estaba como para conducir aquella noche? Y el Chus ahora ni la saluda si se la cruza cuando vuelve del mercao...

Y el Róber... Si lo hubiera sabido. Se enciende un cigarro. Al menos tiene al Marco y a la Sonia. Aunque no le hacen caso, pero qué le vamos a hacer. Ella tampoco le hacía caso a sus padres a su edad; ya se darán cuenta de lo mucho que la quieren. Aunque tarden.

Aún es pronto. La gente ya está llegando al trabajo y hay menos coches en la calle, menos atascos, menos pitíos, menos frenazos, que la ponen nerviosa y le recuerdan al Migue dando trechas con el coche. El cigarro empieza a quemarle, las caladas nerviosas. Recoge el cubo, lo vacía por los desagues, para que no suban cucarachas, y lo vuelve a llenar. En el descansillo tiene el bote de lejía, lo abre, le echa al cubo, y rellena su aroma.

Setenta y Ocho

Los niños de piel de látex rasgueaban sus instrumentos con sus brazos de metal. Una vez melódicos, ahora sólo eran capaces de entonar dolor; el rechinar del vidrio y del alambre sobre el acero les acompañaba allá donde fueran, como un halo maldito de desolación. La falta de lubricante para sus extremidades actuaba de coro en un pandemonium de desesperación.

Las bocas desdentadas de los edificios exclamaban de terror a su paso, seguido por cientos de ojos negros, secos y vacíos. Nubes de cenizas se levantaban a su alrededor, amortiguando sus pisadas descalzas, arrastradas, lastimosas... Cadenas invisibles los retrasaban, entorpeciéndoles el paso.

Uñas de PVC raspaban lánguidamente hilos de nylon y cobre; dedos de goma tamborileaban al ritmo del vaivén de sus gordas cabezotas...

Recordaban inconscientemente cuando eran unos pocos; ahora eran Legión. Su llanto oxidado podía permanecer horas en las entrañas muertas de los edificios, días, con los ecos resonando en las cañerías y pasillos. Recordaban cuando sus voces llenaban de risa y alegría avenidas y campos, parques y subterráneos. Recordaban, y se lamentaban.

Y con su lamento hacían ver a todo lo demás algo que olvidaron hace mucho: que estuvieron vivos, y ya nunca más.




Diecinueve

Estoy Muerto (y IV)


El humo se retorcía en el aire en un frenético baile demoníaco. Mis movimientos eran torpes, mi percepción estaba embotada, confusa, y el paisaje, antes idílico, que rodeaba a la casa se me mostraba ahora sombrío y amenazador. Las montañas, oscuras, frías e inhóspitas. Los bosques, rezumantes de vida purulenta, de ojos invisibles, de tentáculos húmedos e insensibles. El lago, un espejo de lo que hay más allá, de lo que es la horrible realidad, la verdad que nadie conoce, y que quienes conocen se niegan a aceptar. En ese momento me di cuenta de que no estaba solo. Mi alma se encontraba junto a la de muchos otros, vagando en un espacio vacío, sin tiempo, sin conexiones, oscilando sin rumbo... Desaparecí en la más profusa de las oscuridades, atraído irracionalmente por su masa infinita, para ser expulsado súbitamente de vuelta en mi silla, en mi terraza.

Estaba trastocado. «No volveré a fumar... lo juro...» balbuceé en voz alta. Me llevé la mano a la frente y la noté ardiendo. «Estos delirios no son debidos a la fiebre... ¡¿Qué demonios está pasando aquí?!» chillé, y me tiré al suelo, llorando. Tenía la cabeza más cargada y pesada que de costumbre. Torpemente alargué mi mano hacia la vieja bolsita de cuero, que estaba en la silla. Intenté encenderme otro, pero empecé a vomitar tras la primera calada. Una sacudida recorrió mi cabeza, y me hizo estremecerme en un violento espasmo. A duras penas pude levantarme, asido a la silla, y casi a rastras llegué a mi habitación. Me metí en la cama, y noté un sudor frío empapando todo mi cuerpo. Temblando me tapé con la gruesa manta de lana, e intenté calmarme y dormir. Traté de desviar mi atención de aquel sonido que se hacía eco en mi interior...

Un grito que era una amenaza, una advertencia, una sentencia... Un alarido desgarrador en mi cerebro, resonando en mi cráneo. Un llanto, el desbaratarse de las montañas, monumentos primigenios de roca en movimiento. El lamento de las aguas al estancarse y desaparecer en lodo. El moho que infecta toda vida, árboles gangrenosos, animales pútridos, con carnes viscosas, enfermas, purulentas, sucias, muertas... Un quiebro en mi alma, y en el alma del mundo... El “Arché” descompuesto.

Desde entonces, mi mente no pudo encontrar reposo durante las horas de oscuridad, asaltados por juegos infantiles y paranoicos, pero extremadamente reales...

Dieciséis

Estoy Muerto (III)

Recuerdo que aquella noche cené poco, y que me senté en un cómodo butacón frente a la chimenea, pues de noche refrescaba bastante. Encendí el equipo de sonido, y puse un disco de Helloween, a un volumen apenas audible. Sonriendo recordé las palabras que día tras día me repetía mi madre «¡Esa música terminará por afectare al cerebro...!» Centré mi atención en el libro que tenía entre mis manos: Por quién doblan las campanas, de Hemingway. Por encima del sonido de la música me pareció entender otro, más grave y monótono, pero lo atribuí a mi imaginación.

Seguí, relajado, hasta que el disco se detuvo, permitiéndome oírlo otra vez con una hórrida claridad: repetitivos, oscilantes, secos golpes de piedra sobre piedra, lodo, madera, metal... Dejé el libro sobre la mesita que tenía junto a mí. Pensé en incorporarme, para localizar el origen del murmullo, pero entonces me detuve petrificado. Pude paladear la adrenalina, bombeada desde mi corazón por todo mi cuerpo, inundando mis venas, reemplazando cada gota de mi sangre.

Aquella noche no dormí, como tampoco lo haría en las siguientes. Cuando me levanté no tenía fuerzas –físicas ni psíquicas– para ponerme de pie. Tuve que hacer un gran esfuerzo, y poco a poco, mis músculos se desentumecieron. Resonaba en mi interior el recuerdo de lo acontecido la noche anterior, con una vaguedad que no ocultaba su terrorífico secreto. Decidí comer algo, pero mi garganta era incapaz de tragar nada, así que pensé en recoger un poco la casa intentando olvidar lo ocurrido.

Por la tarde me senté en la terraza, agotado. Por más que lo intentaba, no podía apartar de mis pensamientos el horror de la noche anterior, que volvía a mi cabeza como un mal sabor de boca. Saqué otro porro, y lo encendí. Aspiré profundamente el cálido y aromático humo, y, a medida que inundaba mis pulmones, una sensación de paz me invadió. Sentí como mi mente se volvía inquieta, y poco a poco las imágenes de la noche anterior resurgieron.

Aquellas sensaciones debían ser fruto de una influencia externa. No podía ser mi imaginación, ni mi subconsciente, estaba claro. El grito, pensé, podría ser el causante de aquello, pero era inconcebible que un sonido pudiera dañar de tal forma mi mente, perturbar mi paz interior llegando hasta el extremo de obsesionarme como nunca me había sucedido. Los conocimientos que me fueron revelados eran impresionantemente crudos, fríos y reales.


Trece

Estoy Muerto (II)

Tras haber obtenido una brillante nota final en mi licenciatura, y por consejo de mi médico, el doctor Hernán, decidí pasar un tiempo en la masía de mi familia. Era un viejo caserón, situado en un paisaje de ensueño: montañas, lagos, abetos y aire puro. Todo ello era bastante conveniente para mi débil constitución, agravada ahora por la enfermedad.

Me instalé en la finca. Hacía mucho tiempo que no iba, y me pareció mucho menor de cómo la recordaba. Ahora no tenía el aspecto de una antigua casa de campo de ganaderos. Había sido remodelada por completo: columnas de ladrillo visto, inmensas cristaleras con vistas al lago y las montañas y una fachada coronada por una amplia terraza.

La casa estaba fría, y olía ligeramente a moho y humedad, por lo que decidí abrir las ventanas durante todo el día, con el propósito de que ventilase.

Dejé mi equipaje en la que sería mi habitación durante el período de mi retiro, y me eché en la cama. Rápidamente me incorporé e introduje mi mano en el pequeño bolso de cuero gastado que siempre llevaba conmigo. Cogí una bolsita de plástico y pellizqué algo de hierba. Saqué un papel de fumar, un filtro y me preparé un porro. Me volví a tumbar en la cama mientras exhalaba el humo del cigarro. Poco a poco mi mente se fue sumergiendo en un remolino. Me incorporé mareado y me dirigí a la terraza, que estaba en mi habitación. Me apoyé en la balaustrada, y dejé que la droga siguiera con sus efectos. Mi vista se fue nublando, y una ligera modorra se apoderó de mí. Mis músculos se relajaron y el cigarro escurrió de entre mis dedos hacia el toldo del patio. Mientras las cenizas incandescentes oscurecían la tela oí el repetitivo timbre del teléfono móvil. Torpemente me acerqué hacia el aparato y, con un brusco movimiento, lo despojé de su batería. «Ya está bien», pensé, «Se supone que estoy aquí para relajarme, y olvidarme de todo lo que significan palabras como “progreso”, “civilización” o “telefonía digital”...»

Miré a mí alrededor, y me di cuenta de un algo bastante curioso: un lujoso televisor de veinticinco pulgadas, un equipo estéreo con reproductor de discos compactos, un ordenador en la salita... Salí al exterior y me percaté de un detalle que me había pasado inadvertido: sobre la terraza se alzaba al cielo una antena parabólica que rezaba en coloridas letras “Vía Digital”

Once

Estoy muerto

Estoy muerto. Llevo muerto cuatro años, desde que me diagnosticaron un glioma en el cerebro. Cáncer, un tumor, que no me impidió terminar mis estudios de psicología. Irónico destino: toda mi vida consagrada al estudio de la mente humana para terminar así. De todas formas, no es mi muerte lo que me preocupa pues ya la tengo asumida, sino la de todos los demás.

Esta no es la historia de un loco. Conozco bien la locura y sus manifestaciones como para asegurar que lo que yo padezco no es ningún tipo de demencia. Ningún analista ni ninguna máquina, podrá jamás desentrañar los secretos venideros que yacen en mi mente.