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Setenta y Cinco

Vio un paisaje colosal. Atravesar las montañas por la garganta le había dejado sin aliento, tras pasos y pasos interminables sobre la piedra, entre la piedra y bajo la piedra; pero la visión que obtuvo al salir casi le mató. Desafiante, una cordillera de siete picos se alzaba ante él, y, a sus pies, se perdía un frondoso pubis esmeralda. Una neblina cubría todo el valle, dándole un aspecto mágico y siniestro. Se oía el ruido del agua al caer desde gran altura, y el canto hipnótico de pájaros desconocidos. Rayos de sol se filtraban de entre las nubes, creando unos dedos luminosos que descendían para prender las superficies que rozaban de luz y de calor.

El aire no le alcanzaba para respirar, de lo insignificante que se había vuelto; él, que hasta hace poco más de cuatro pasos se enorgullecía de su poder y capacidad, que se reía de su superioridad sobre todo aquello que le envolvía, se encontraba ahora completamente absorbido por el objeto de su desprecio.

El bastón le cayó al suelo, las manos temblorosas, y la cara en un rictus de ahogo y sorpresa, con la boca medioabierta, la lengua asomando y los ojos fuera de las órbitas. Sentía como un puño etéreo le atravesaba el pecho y le oprimía directamente el corazón, y otros le exprimían los pulmones, sacandole todo el aire.

Eructó. Alzó los brazos al cielo y emitió un grito desafiante que resonó por todo el valle e hizo aletear a numerosas aves. Recogió su bastón del suelo, y comenzó el descenso por los gastados y antiquísimos escalones de piedra. Nunca había cejado en su empeño, y no iba a ser ahora un gas el responsable de su fracaso.


Y menos estando ya tan cerca del final...

Cincuenta

BaobaB

Cuenta la leyenda que, hace mucho tiempo, el Baobab era el árbol más hermoso de todos, admirado por animales, hombres y plantas; hasta el mismo Dios (no importa cual, uno) quedó prendado de la belleza del Baobab: de la fuerza de sus ramas, del olor y color de sus innumerables flores, de la viveza de sus hojas, de la suavidad de su tronco y su dureza.

Es por ello que ese Dios, complacido por la hermosura del árbol, lo bendijo con una vida increíblemente lóngeva, aún en los cánones de los árboles.

El Baobab, orgulloso, empezó a crecer y a crecer durante mucho tiempo, haciéndose más y más fuerte, más y más hermoso, y más y más alto. Se hizo tan alto que sus ramas daban sombra a los demás árboles, y no les dejaba crecer, helando a las criaturas que pasaran bajo él, ya que ocultaba por completo el calor del sol. Llegó a crecer tanto que, hechido de orgullo, gritó a los dioses que pronto los alcanzaría.

El viejo Dios, colérico por el arrojo del Baobab, mandó una maldición para castigarle y hacerle aprender modestia, y lo volvió del revés. Así, las hermosas ramas, flores y hojas quedaron enterradas, y el Baobab adoptó la forma de unas raices buscando el cielo.




Nunca os fieis de los regalos de los dioses, que no suelen ser consecuentes en sus actos ni asumir toda su responsabilidad.


Cuarenta y siete

Tengo ganas de llegar a mi tierra, a mi mar. De sentarme en la arena, en las rocas, y oír el arrullo de las olas, su invitación constante a saltar, a hundirme, a flotar, y a empezar de nuevo. Como decía la canción "el mar me llama como un lobo hambriento".

Hace mucho que no estoy desnudo en el mar; tanto, que me apetece más que estar desnudo en tu cama, contigo.


Y eso que te quiero. Ya sé, ya sé: no te conozco. Pero no me importa, porque te quiero de forma consciente; porque quiero quererte. Y porque creo que te lo mereces. Me da esa impresión, vaya.

Pero aún así, me debo al mar, a las olas y su espuma; al salitre y al óxido; a las algas y las conchas; a la arena y a las piedras. A la vida, y a la muerte.


Ocho

No ves nada más que el camino; el camino, la ladera de la montaña, y el vacío blanco al otro lado. Estás en la nube. La blancura te deslumbra e impide ver tu meta. Tus botas se deshicieron hace tiempo contra las rocas, y ahora un reguero de sangre marca tus pasos.

En una curva pisas una piedra plana, húmeda, que con tu sangre te hace perder el pie y caer. Resbalas unos segundos, para darte cuenta de que flotas en el vacío, en la blanca nada de aire. Te giras, aún temiéndo hacerlo; quieres ver el suelo cuando salgas de la nube, y quieres ver el impacto, como cuando sueñas que caes; y quieres vivir ese fundido rápido a blanco con el que la gente muere en el cine.

Tras el fundido, despiertas. Te has dormido mientras caminabas. Sólo puedes ver el sendero ante ti, pero, de repente, tus pies no duelen, tus brazos no pesan, tus ojos no te ciegan, y eres capaz de vislumbrar, allá a lo lejos, la cumbre dorada que te envenena.


Siete

Es cansado, pero continúa. La montaña se alza interminable ante él; las piedras del camino se le clavan en las plantas como cuchillos, y las heridas le arden como si andara sobre ascuas. Él sigue adelante. Los brazos le pesan, colgando inerte de su costado; la sangre está medio seca, formando caprichosos dibujos rectilíneos de color marrón sobre su piel oscura, teñida por el sol, el sudor y el polvo. Las ramas siguen lacerándole la cara, las manos, como punzones vivos movidos por una voluntad ajena a todo, pero no se detiene.

Las aristas rocosas de donde crecen espinos -¿cómo pueden sobrevivir en este infierno de piedra?- amenazan con engullirle. Las sombras amenazan su paso, pero entre las peñas puede intuir su objetivo, parcialmente oculto por las nubes.

Desea Soma, y sentarse en una roca al pie del camino, y olvidarse de todo, y quedarse dormido hasta morir, y que sus restos sirvan de alimento -¿a quién, en este infierno de piedra? Seguramente nadie repararía en sus huesos, porque nadie querría llegar hasta ahí-. Desea muchas cosas, con muchas consecuencias, pero nada con tanta fuerza como llegar a la cima, invisible tras el manto nublado.

No sabe qué busca.

Cuatro

Ahora tengo un pez.

Mola, está ahí al lado, y no da problemas. Sinceramente -y a pesar de haber visto la de Buscando a Nemo-, creo que hay poca diferencia entre ese pez y uno de verdad; o de los que salen en las televisiones modenas como salvapantallas. No le encuentro mucho chiste a los peces, la verdad. Se entiende que cuando digo peces me refiero a pececitos domésticos, a los que están apresados en una cárcel de cristal.

Lo que siempre me gustaron de los peces son los acuarios. Supongo que tiene que tener relación con el modelismo, con las maquetas y los muñequitos que siempre empiezo a pintar hasta que me canso. Los acuarios son geniales, porque además de hermosos, de haberlos hecho tú (no me valen las peceras redondas que te daban en el tiro al blanco de la feria), tienen utilidad: son casitas para peces...

Y aunque los peces no me digan nada, sus casitas sí. Tienen castillos enanos, y buzos que se asfixian por una pérdida en la bombona, y tesoros perdidos de piratas olvidados, y galeones en ruinas, piedrecitas de colores casi sicodélicos y algas sicotrópicas.

Mi pez no tiene nada de eso. Tiene esta página que lees, pero que a lo mejor puede convertirse en algo tan fantástico como la pecera, si te pones a tirar piedrecitas de colores, a hundir barcos para que pierdan sus tesoros, y a ahogar buzos que exploran castillos inundados.