Ochenta y Tres

Nuria B nunca había visto el mar. Creció pobre y sola en medio de la nada, del polvo, de las cenizas, de las hojas secas. Podía distinguir setenta y tres variedades de grises, y noventa y ocho de marrones; tres de verdes, y dos de azul. Nuria B quería ampliar su espectro cromático; necesitaba nuevas palabras para describir lo que veía, y necesitaba cosas nuevas que ver.

Nuria B caminó mucho tiempo, pasando sed, calor y hambre. Disfrutando de la compañía de aquellos que la recogían o acompañaban por el camino, reconfortados por sus palabras; sufriendo la compañía de aquellos que la recogían o acompañaban por el camino, siguendo el rastro de su olor.

Nuria B lloró mucho durante el camino; como aquella vez que dos chicos jóvenes y guapos la recogieron, trataron bien, dieron de comer y de beber, y luego, cuando la cabeza daba vueltas, la violaron entre los dos. ¿Te gusta, puta? Paga lo que hemos hecho por ti. O aquella otra en que se encontró un perro famélico en una cuneta, moviéndose apenas, con la lengua fuera, seca como un trozo de cuero viejo y los ojos comidos por moscas que bailaban al son macabro y repetitivo de sus alas.

Nuria B conoció a un hombre encantador; compartían destino. Caminaron durante días, los pies gastados, los cuerpos polvorientos y sudorosos; las caras sonrientes cuando se cruzaban sus miradas. El hombre trató a Nuria B con cariño, y respeto. Déjame que te ayude a pasar por aquí, le decía. ¿Estás cansada? Podemos parar, si quieres. Dormían abrazados, para darse calor en las noches frescas; siempre tenían frío por la noche.

Nuria B apareció un día, en una playa. La encontraron un padre y su hijo, las manos atadas, los ojos muy abiertos, la garganta cortada. Y surcos de lágrimas en las mejillas.

Ochenta y Dos

María sube a la azotea a regar las macetas, a buscar aire fresco y el olor de la tierra mojada; sólo huele a humo de tabaco rubio encerrado y a lejía. No queda recuerdo de su juventud; Proust, en su tumba, se revuelve por María.

Con la mirada perdida en las torres, allá a lo lejos -¡qué grandes son! suspira- intenta acordarse del Róber, del Chus, de la Ana y del Migue. De las tardes en la playa sin nada que hacer, de las salidas al monte, a beber vino malo y fumar porros que le daban tanta risa y le hacían sentir tan mal luego. ¿Qué fue de la Ana? ¿Por qué nadie se dio cuenta de que el Migue no estaba como para conducir aquella noche? Y el Chus ahora ni la saluda si se la cruza cuando vuelve del mercao...

Y el Róber... Si lo hubiera sabido. Se enciende un cigarro. Al menos tiene al Marco y a la Sonia. Aunque no le hacen caso, pero qué le vamos a hacer. Ella tampoco le hacía caso a sus padres a su edad; ya se darán cuenta de lo mucho que la quieren. Aunque tarden.

Aún es pronto. La gente ya está llegando al trabajo y hay menos coches en la calle, menos atascos, menos pitíos, menos frenazos, que la ponen nerviosa y le recuerdan al Migue dando trechas con el coche. El cigarro empieza a quemarle, las caladas nerviosas. Recoge el cubo, lo vacía por los desagues, para que no suban cucarachas, y lo vuelve a llenar. En el descansillo tiene el bote de lejía, lo abre, le echa al cubo, y rellena su aroma.