Setenta y Ocho

Los niños de piel de látex rasgueaban sus instrumentos con sus brazos de metal. Una vez melódicos, ahora sólo eran capaces de entonar dolor; el rechinar del vidrio y del alambre sobre el acero les acompañaba allá donde fueran, como un halo maldito de desolación. La falta de lubricante para sus extremidades actuaba de coro en un pandemonium de desesperación.

Las bocas desdentadas de los edificios exclamaban de terror a su paso, seguido por cientos de ojos negros, secos y vacíos. Nubes de cenizas se levantaban a su alrededor, amortiguando sus pisadas descalzas, arrastradas, lastimosas... Cadenas invisibles los retrasaban, entorpeciéndoles el paso.

Uñas de PVC raspaban lánguidamente hilos de nylon y cobre; dedos de goma tamborileaban al ritmo del vaivén de sus gordas cabezotas...

Recordaban inconscientemente cuando eran unos pocos; ahora eran Legión. Su llanto oxidado podía permanecer horas en las entrañas muertas de los edificios, días, con los ecos resonando en las cañerías y pasillos. Recordaban cuando sus voces llenaban de risa y alegría avenidas y campos, parques y subterráneos. Recordaban, y se lamentaban.

Y con su lamento hacían ver a todo lo demás algo que olvidaron hace mucho: que estuvieron vivos, y ya nunca más.




Setenta y Siete


Hacía mucho tiempo que no lo hacía. Sus dedos crujieron como el papel al rodear con fuerza la piel gastada de la empuñadura. Pero es donde su mano debería estar. Todos los callos de su mano, las heridas y cicatrices, coincidían y se amoldaban a las curvas que producían las tiras de cuero.

La hoja estaba gastada, y algo sucia cerca de la guarda, quizá de algo de sangre seca que no limpiara bien la última vez, con las prisas. De todas formas, a pesar de las durezas que recubrían el pulgar, podía notar perfectamente el filo, y cómo este pretendía introducirse en la carne a través de la piel.

Volvió a dejar la daga en la funda de piel, y la envolvió con ella, con tristeza y solemnidad, como si amortajara una parte de sí.

Hacía años que había abandonado ese camino, para escribirse unas nuevas líneas, y salirse de lo que había planeado. Abrió el cajón, levantó el falso fondo, y escondió el paquete como si se tratara de un tesoro. Volvió a colocar la madera, como la tapa del ataud, y enterró el acero en la madera.

Hacía años que había abandonado ese camino, pero nunca había llegado a engañarse tan bien como a los demás. La sed de sangre le seguía consumiendo por dentro, como un fuego que nunca se había apagado. Encendió un cigarro, con las manos temblorosas. Se colocó el pelo con la mano, inentano peinar de alguna forma las canas que le caían sobre la frente.


Cigarrillo en mano, salió del garaje. En el jardín trasero le esperaban para soplar las velas su mujer, su hija, y el gilipollas de su yerno.