Setenta y Seis

imbecilidades variadas



Peque...


Lo siento. Y lo digo de verdad.

No sé qué me pasa últimamente, pero de un tiempo (largo) a esta parte me he dado cuenta de que no hice más que cagarla contigo. Y es algo que no entiendo; no sé si es algún tipo de actitud masoquista u odio interno a mí mismo, porque cuando me enfadaba contigo, o cuando hacía que te enfadaras conmigo, en verdad es como si me arañara el corazón o me desgarrara el pecho. Te quiero. Te quiero mucho, y eres lo más preciado que tuve, y yo, como un crío idiota, me dediqué a hacerte mal, a tratarte de forma egoísta y caprichosa. Y lo que más me jode es que, aún así, tú me decías que me querías; que me querías porque era bueno contigo. Y encima me lo creía, y me olvidaba de todo el mal que te hacía, "porque era bueno contigo".

Y nunca supe cómo cambiarlo, porque nunca supe por qué lo hice. Un día, porque estaba cansado del trabajo, con la espalda hecha polvo y la cabeza ardiendo, y me jodía tener que llegar a casa y ponerme a mediorrecoger, y saltaba a la mínima; otro, porque me dolía todo de haber dormido en el sofá, y así vete tú a saber qué más... Pero ya no importa, porque son sólo excusas que no sirven cuando se tienen por sistema. Así que no entiendo qué clase de problema tengo, ya no contigo, sino conmigo mismo. Me da igual que sea un trabajo, un juguete, una amistad o un tesoro, que siempre termino jodiendo lo que me importa y lo que me agrada.

Me parece lo más lógico del mundo que me devolvieras las llaves; no entiendo que quisieses volver a casa, a ver si se me quitaba la estupidez de encima, o es algo que me ha calado tan hondo que ya es un tufo perenne. Yo, desde luego, no querría verme y aguantarme así. Pero, por otra parte, cuando pienso que esta noche llego a casa y no estás, los ojos me aprietan, y la garganta se me hace un nudo.

Y sé que esto no es manera de decir las cosas, pero al menos me ayuda a tomarme mi tiempo para decir cada cosa, a respirar un poco. Contigo delante sólo puedo quedarme callado, avergonzado, incapaz de decir nada.

Así que, otra vez más, lo siento. Ojalá hubiera podido retenerte junto a mí para siempre.



Setenta y Cinco

Vio un paisaje colosal. Atravesar las montañas por la garganta le había dejado sin aliento, tras pasos y pasos interminables sobre la piedra, entre la piedra y bajo la piedra; pero la visión que obtuvo al salir casi le mató. Desafiante, una cordillera de siete picos se alzaba ante él, y, a sus pies, se perdía un frondoso pubis esmeralda. Una neblina cubría todo el valle, dándole un aspecto mágico y siniestro. Se oía el ruido del agua al caer desde gran altura, y el canto hipnótico de pájaros desconocidos. Rayos de sol se filtraban de entre las nubes, creando unos dedos luminosos que descendían para prender las superficies que rozaban de luz y de calor.

El aire no le alcanzaba para respirar, de lo insignificante que se había vuelto; él, que hasta hace poco más de cuatro pasos se enorgullecía de su poder y capacidad, que se reía de su superioridad sobre todo aquello que le envolvía, se encontraba ahora completamente absorbido por el objeto de su desprecio.

El bastón le cayó al suelo, las manos temblorosas, y la cara en un rictus de ahogo y sorpresa, con la boca medioabierta, la lengua asomando y los ojos fuera de las órbitas. Sentía como un puño etéreo le atravesaba el pecho y le oprimía directamente el corazón, y otros le exprimían los pulmones, sacandole todo el aire.

Eructó. Alzó los brazos al cielo y emitió un grito desafiante que resonó por todo el valle e hizo aletear a numerosas aves. Recogió su bastón del suelo, y comenzó el descenso por los gastados y antiquísimos escalones de piedra. Nunca había cejado en su empeño, y no iba a ser ahora un gas el responsable de su fracaso.


Y menos estando ya tan cerca del final...