Sesenta y Uno

Sed



-¡Ponme una botella, que tengo la garganta seca!

El hombre se dejó caer en la banqueta, apoyó los brazos y escondió la cabeza entre ellos. Vestía un jersey de punto grueso, de un color que originariamente habría sido blanco, pero ahora mimetizaba con el asfalto.

No pude verle la cara hasta que el camarero se acercó a él con una botella de DYC sin abrir y se la dejó al lado, sin vaso, hielo, refrescos, agua o cacahuetes. Cuando se incorporó mirando la botella y pude verle el rostro quedé sobrecogido.

-Perdió a su hijo -dijo un gordo de perilla descuidada al que acababa de conocer.

-¿Perdón?

-Que perdió a su hijo, Juan. Juan es su nombre; bueno, también era el del hijo -hizo una pausa, dándole una calada a su cigarrillo-. Como te veía mirándole mucho... A todos nos acojonaron sus ojos las primeras veces.

-¿Primeras veces?

-Sí, luego te acostumbras. Todos nos acostumbramos. Menos Juan.

-Se lo llevó el río -dijo el camarero al traernos otra cerveza y más cacahuetes.

-Se lo llevó el río, sí. Y aún no ha aparecido -repitió el gordo de la perilla, moviendo la cabeza con tristeza-. Sólo aparecieron sus ropas, ¿sabes? Y es lo único que pudieron enterrar, en un ataud chiquitito...