Cincuenta y seis


Época de exámenes, 2006

En esta obra se aprecia la sensación de inestabilidad y profunda convulsión interna del artista, debida, seguramente, a un contexto traumático y desasosegador, por el que todos, estimado público, habremos pasado alguna vez...



Cincuenta y cinco

Con las manos en los bolsillos, y la cabeza gacha, camino. Arrastrando levemente los pies, sin ganas, observando el asfalto. Camino, y camino, esquivando al mundo en cada paso arrastrado.

Recuerdo tu sol; recuerdo cómo me alumbraba por dentro, en los rincones sombríos y húmedos, allá donde nunca dejé llegar nada más que oscuridad. Recuerdo tu aliento; recuerdo cómo mordía tus suspiros en aquellas sesiones maratonianas de sexo que nunca tuvimos, y que nos seguimos debiendo. Recuerdo tu piel; recuerdo su suavidad, y su dureza, y las cosquillas que tenías, que no podías parar de reirte ni de moverte, aún a riesgo de tirarnos de la cama.

Recuerdo todas esas cosas; recuerdo las buenas, y recuerdo las malas: las horas esperando un 'te quiero' que cada vez te costaba más pronunciar sin que sonara forzado; los besos fríos en las despedidas apresuradas; las risas ausentes; las mentiras... Recuerdo...

Y sigo caminando. Con las manos en los bolsillos. Con la cabeza gacha. Contando el asfalto. Contra el mundo.

Algo húmedo golpea punzante mi nuca, y me recorre un escalofrío. Otra punzada sigue a la primera; y otra, y otra... Llueve. Llueve y me detengo. Llueve, me detengo y dejo de mirar al suelo. Miro hacia arriba, levando la cabeza muy despacio, porque el alquitrán se ha pegado a mis ojos, y no los quiere dejar volar.

La lluvia me empapa, por completo. En el cielo, la luna aparece perfectamente clara entre las nubes ligeras. Y me mira, como antaño. Y me sonríe, como siempre, como lleva haciéndome todo este tiempo. Y me río, como nunca, girando como un tonto.


Tengo todo el tiempo del mundo.




Y el tiempo es vida; y la vida reside en el corazón.



Cincuenta y cuatro

Al fin un grupo de música ha sabido captar de forma poética todos mis sentimientos (y los de muchos más, me temo), y conjugarlos perfectamente con palabras y música.

Gracias.

Cincuenta y tres


Hay algo que no entiendo. ¿Por qué me cosquillean las piernas y noto crecer un hueco en el pecho cuando te veo? Da igual que te vea o no; me vale con imaginarte. Pero, ¿por qué? Es decir... ¡no tiene ningún sentido! Al menos, no ya; no ahora.

Supongo que no me lavé bien. Por dentro, quiero decir. El otro día llovió. Cayó un chaparrón terrible, de esos que hacen temblar el suelo, y que las hormigas temerosas de Dios se escondan muy muy hondo. Todo era un charco continuo: desde el cielo hasta el hogar de la hormiga más supersticiosa. Y yo fluía a través. Me deslizaba entre el agua como el aceite, sin mezlarme nunca, pero sintiéndome igual. Ni siquera esa lluvia me ha terminado de lavar. Supongo que me manchaste bien, maldita...

Y eso de que la mancha de una mora, con otra verde se quita... Eso, además de ser mentira, es que termina siendo una guarrería ya, hombre. Que tengo las entrañas como si me hubiera comido la casa de un Pitufo: llenas de luces y manchas de colores...

Pero ya me da igual... Esas luces y colorines tan brillantes y tan chulos que no dejan de moverse al ritmo de una música que llevo en la cabeza cuando no se oye nada me guían. Me acercan y alejan de los sitios, aunque no me mueva. Marea un poco, claro. Lo mismo que dar vueltas...

Me cansa ya, ¿sabes? Todo el día igual, que si arriba, que si abajo. No quiero seguir así. Más que nada, porque no gano para zapatillas, y estoy harto de resbalar en mis lágrimas, y tener que ir arrastrando luego los pies para secarlas.

Aunque me quedan pocas lágrimas ya... Casi todas cayeron en tu funeral, dentro de mi estómago, repicando tristemente con mis jugos gástricos. Al final, como era de esperar, lo ácido ganó a lo triste y salado...






Por cierto... si alguna sales de tu tumba y vez lees esto -que no lo creo-, quiero que sepas que no es de ti de quien hablo.

Es otra.