Que no importa las cosas que pasen, debe seguir adelante: alimentándonos a todos, haciéndonos partícipes de ella, enseñándonos cosas que, aunque no puedan ser, tienen todo el sentido del mundo. Porque la magia no entiende lo que puede ser, o lo que debe ser; la magia versa sobre lo que es.
Y en un mundo de aluminio y espejo, de ladrillo y hormigón, de papel y metal acuñado, de vapores y gases oscuros, un rayito de luz de colores es algo a lo que agarrarse; algo en lo que creer. No en sí mismo, sino en la promesa que lleva implícita.
Y esos rayos me llegan continuamente, aunque no sean muchos, sí son generosos, y me iluminan. Conversaciones de madrugada, bajo el fresco de las estrellas y la humedad del suelo asfaltado; conversaciones entre sábanas, en camas revueltas y húmedas; cigarros liados y consumidos entre la hierba, en oasis artificiales del desierto superpoblado de cemento; y sobre todo, destellos entre el silicio, a través de la distancia y del tiempo.
Y son estos últimos destellos los que, por lejanos, me resultan tan interesantes. Y por eso me resulta tan triste que dejen de latir, aunque parpadeen. Porque un parpadeo no es más que una pausa, un cambio momentáneo de la atención, el fin de una historia y el comienzo de una nueva. Los latidos, como los parpadeos, se repiten constantemente, sin que nos demos cuenta, pero no por ello carecen de valor.
Aún así, perder un parpadeo, o un latido no es un problema, por mucho que nos resulte doloroso. Los parpadeos y latidos son continuos; lo preocupante es la ceguera, o la parada cardiaca.
No dejemos de ver por un parpadeo mal dado, ni dejemos de vivir por un latido perdido.







