Cuarenta y ocho

Hay cosas que no se pueden acabar. Que no se deben acabar. Como la magia.

Que no importa las cosas que pasen, debe seguir adelante: alimentándonos a todos, haciéndonos partícipes de ella, enseñándonos cosas que, aunque no puedan ser, tienen todo el sentido del mundo. Porque la magia no entiende lo que puede ser, o lo que debe ser; la magia versa sobre lo que es.

Y en un mundo de aluminio y espejo, de ladrillo y hormigón, de papel y metal acuñado, de vapores y gases oscuros, un rayito de luz de colores es algo a lo que agarrarse; algo en lo que creer. No en sí mismo, sino en la promesa que lleva implícita.

Y esos rayos me llegan continuamente, aunque no sean muchos, sí son generosos, y me iluminan. Conversaciones de madrugada, bajo el fresco de las estrellas y la humedad del suelo asfaltado; conversaciones entre sábanas, en camas revueltas y húmedas; cigarros liados y consumidos entre la hierba, en oasis artificiales del desierto superpoblado de cemento; y sobre todo, destellos entre el silicio, a través de la distancia y del tiempo.

Y son estos últimos destellos los que, por lejanos, me resultan tan interesantes. Y por eso me resulta tan triste que dejen de latir, aunque parpadeen. Porque un parpadeo no es más que una pausa, un cambio momentáneo de la atención, el fin de una historia y el comienzo de una nueva. Los latidos, como los parpadeos, se repiten constantemente, sin que nos demos cuenta, pero no por ello carecen de valor.

Aún así, perder un parpadeo, o un latido no es un problema, por mucho que nos resulte doloroso. Los parpadeos y latidos son continuos; lo preocupante es la ceguera, o la parada cardiaca.

No dejemos de ver por un parpadeo mal dado, ni dejemos de vivir por un latido perdido.








Al gato negro, por los paseos, conversaciones y cigarros



Cuarenta y siete

Tengo ganas de llegar a mi tierra, a mi mar. De sentarme en la arena, en las rocas, y oír el arrullo de las olas, su invitación constante a saltar, a hundirme, a flotar, y a empezar de nuevo. Como decía la canción "el mar me llama como un lobo hambriento".

Hace mucho que no estoy desnudo en el mar; tanto, que me apetece más que estar desnudo en tu cama, contigo.


Y eso que te quiero. Ya sé, ya sé: no te conozco. Pero no me importa, porque te quiero de forma consciente; porque quiero quererte. Y porque creo que te lo mereces. Me da esa impresión, vaya.

Pero aún así, me debo al mar, a las olas y su espuma; al salitre y al óxido; a las algas y las conchas; a la arena y a las piedras. A la vida, y a la muerte.


Cuarenta y seis

- Bufff... joder...
- ...
- Hacía tiempo que no follaba tanto. Tanto ni tan bien...
- Yo hacía tiempo que no follaba.
- Jejejeje... La verdad, no lo entiendo.
- Yo tampoco. Y hago por no entender. Es más sano.
- Eres raro, ¿lo sabes? Pero en el buen sentido, como especial.
- Y a mí me gustan tus lunares.
- Jajaja...
- Sobre todo, ese.
- ¿Cuál?
- Ese, el que tienes ahí abajo. ¿No lo has visto?
- ¡Qué idiota! ¿Te fijaste?
- ¡Ey! Estuve ahí un buen rato, como para no fijarme...
- ...
- ...
- ¿Sabes qué?
- ¿Qué?
- Que te quiero...
- Yo a ti no, ya lo sabes.
- ¿Por qué coño me lo tienes que recordar siempre?
- Eres tú la que me lo recuerda.
- ¿Tanto te cuesta fingir?
- ¿Te dolería menos, acaso?
- Mientras estuviéramos juntos, sí.
- Pero te morirías cuando te quedaras sola.
- Me moriría igual sin ti, imbécil.

Cuarenta y cinco

Todo es de color

Y yo no puedo verlo ahora. En verdad, me quema. Hay manchas blancas, radiantes, que duelen; hay manchas negras, como la nada, que me hacen sentir ciego; hay manchas grises, que hacen mucho más reconfortante la sensación de ceguera.

Quiero volver a sentir el rojo y púrpura de las entrañas, de los corazones y las vísceras. Quiero volver a sentir el verde, de la vida que es paciente, grande y crece y crece, sin importarle nada más. Quiero volver a sentir el azul, del origen, de la calma, de mi tierra. Quiero volver a sentir los amarillos del fuego, de los sueños internos, del caos.

Pero nunca más el gris, que me adormece. El gris, que come la inspiración. El gris, que no se sitúa, que no combate, que no expresa más que lo neutro. Que no es.

Cuarenta y cuatro

Pesadilla



He hecho en sueños lo que no quería hacer despierto. Te he gritado, y me has gritado. Me has echado cosas en cara, y te he devuelto el golpe, mucho más fuerte. Me insultaste con todos tus problemas, que yo ignoraba; a cambio, te escupí con todas aquellas tonterías que no te soportaba, las que se aguantan estoicamente, no por aguantar, sino por aprender a amarlas.

Todo era un teatro, operístico, visceral. Hiperactuábamos con unos papeles que no se correspondían con nosotros mismos, pero que sí eran sinceros, que eran reales. Me alegro de que se haya producido dentro de mi cabeza, y no fuera.

Hay veces en que no es bueno dejar salir lo que hay oculto dentro; da miedo sólo de pensarlo. A base de golpes, aprendí a mantener la boca cerrada, y a sopesar lo que se dice, antes de decirlo. Así, con cuidado, se pueden disparar letras que hagan mucho más daño.

Cuarenta y tres

Hace mucho calor, son las tres de la mañana y no puedo dormir. Estoy sudando, asfixiada por las sábanas y el pijama. Voy a la cocina, en silencio, a beberme un vaso de agua; ni una botella en el frigo ni un cubito en el congelador. Me toca agua del grifo, o lo que es lo mismo, agua calentona...

No puedo olvidarme de ti, ni de tus brazos cuando me cogías y elevabas, y yo me abrazaba con mis piernas a tu cintura, besándonos como si nos apuntaran a la nuca. Me toco mis propios brazos, pero parecen blandos y delicados, mientras que los tuyos eran duros y anchos.

Con este calor, lo que menos me conviene es recordarte desnudo... Bebo un sorbo de agua casi tibia; será lo que menos me convenga, pero es lo que más me apetece.

Me acerco a la ventana del salón, la que tiene el balconcito, y la abro para asomarme. Llevo el vaso conmigo, y sigo bebiendo algo, porque no quiero deshidratarme. Apoyo los codos en la barandilla, con la mirada perdida en la pared de ladrillos de enfrente y en la luz naranja de la farola. Una brisa fresca me pega la camiseta del pijama a la piel, y decido quitaármela para disfrutar más del frescor.

En el portal hay una pareja. Se besan y se tocan sin parar, él con la mano metida bajo la camiseta de ella, y ella frotándole sobre el pantalón. Me hacen gracia, y sigo mirando, con una sonrisa pícara en la comisura de los labios...

Poco a poco empiezan a excitarme los movimientos que realizan, y el hecho de verles oculta, sin que sepa que les miro. Y me vuelvo a acordar de ti, de aquél día que vovíamos del centro, medio borrachos (eufemismo para no decir completamente borrachos), metiéndonos mano durante todo el trayecto (aunque yo atacaba directamente dentro de tus pantalones), andando como podíamos... Y recuerdo como me empezaste a desnudar en el portal, y como me avalancé sobre ti, antes de llegar a las escaleras, en las que me hiciste tumbarme (¡ay! ¡qué incómodo!), y empezaste a acariciarme ahí abajo, besándome el cuello, antes de empezar a lamerme (¡ay! ¡qué bueno!)...

Perdida en tus recuerdos, presa de una debilidad que crece desde entre mis piernas, dejo resbalar el vaso de mi mano, que cae estallando con un golpe sordo en la acera. Salgo de mi ensoñación con el estruendo, y me escondo rápido cuando el chico sale del portal.

Con el corazón acelerado vuelvo a mi habitación... Me tumbo en la cama, temblando... Esta noche no podré dormir en una cama tan fría, tan vacía de ti.

Cuarenta y dos


Estaba yo un día en el campo, disfrutando del paisaje cuando, de repente, el cielo se abrió y apareció Dios. Y no un Dios cualquiera, ¿sabes?, sino uno de los buenos. De los importantes.

Y se me quedó mirando fíjamente (con lo que sea que tienen los Dioses para ver), intentando sonsacar los secretos de mi alma, atravesando mi piel como si fuera transparente.

- ¿Tienes fuego?- pregunté.

Parpadeó un par de veces (con lo que sea que tienen los Dioses para parpadear), y asintió visiblemente confuso. De repente, una zarza que había junto a mí empezó a arder.

- ¡Pero qué coño haces! ¿Qué quieres, que vengan los del SEPRONA y me metan un puro?- exclamé, malhumorado- ¡Joder! Sólo quería encenderme un cigarro...

Me quedé mirando al Dios, y estuve a punto de seguir con la bronca, pero pensé "¡Qué coño! Todos nos equivocamos..."


Cuarenta y uno

Una serie de estudios que tuve que realizar en el extranjero me impidieron volver a la casa. Hacía bastante, por lo tanto, que no sabía nada de la pequeña Julia, así que al poco de volver a casa decidí ir a visitarla.

Cuando entré en la casa la noté diferente, más fría y vacía. Subí las escaleras, notando todo diferente, pero sin llegar a percatarme de nada. Mi índice jugaba con la barandilla, como de costumbre, intentando dibujar en el polvo, y fue así como me di cuenta. Habían limpiado la casa.

Me quedé parado unos momentos , intentando comprender qué podría significar, y acto seguido comencé a subir los escalones a grandes zancadas. La buhardilla estaba completamente movida, con todos los trastos apilados; resultaba un sitio espacioso, pero inerte. No vi el espejo de Julia por ningún lado.

Rebuscando lo encontré pegado a la pared, con la vieja sábana por encima, oculto tras un montón de cajas de cartón. Al descubrirlo y girarlo hacia la luz me sobresaltó mi propio reflejo, pero nada más. Me quedé esperando a que apareciera durante unos minutos larguísimos, que se convirtieron en unas horas eternas.

Empecé a enfurecerme. Julia no aparecía, y yo comenzaba a odiarme por no haber ido en todo este tiempo; comenzaba a odiar a quien quiera que fuese que limpió de polvo y vida la casa; y empecé a odiar a la pequeña Julia, presa en su frágil cárcel de cristal, por no aparecer. Intenté mover el espejo, ponerlo donde siempre había estado, pero tropecé con una de las cajas, perdí el equilibrio y me desplomé; el espejo cayó sobre mí, estallando en mil pedazos, que refulgieron con los últimos rayos del sol.


Todo se volvió negro al momento.

Cuarenta



- ¿Me estás escuchando?
- ¡Claro que sí!
- No es verdad... ¿qué decía?
- Que la leche desnatada...
- ¡Joder!
- ¡Qué!
- ¡Que te estoy dejando, coño!
- ¡Venga ya! ¿Por qué?
- Porque no me haces ni puto caso
- ¡No me jodas!