Treinta y uno

no busco nada en ti

no busco nada en ti.
no quiero que me enseñes a odiar
a quienes beben en las hogueras la savia de los presos,
o que me ayudes a comulgar con las cigarras de alcohol y veneno.

la desnudez geométrica del sicólogo
oscurece la virtud del poeta.
el cielo yerto está lleno de lobos y corderos tontos,
lo verdaderos mártires yacen en retina de locos

no me hagas buscarte en el todo del Dios Prefabricado
ni en la nada de los borrachos.
no dejes nunca entrar en mí
este absurdo carnaval que ordena el universo

busco tu nada de rubíes fugaces,
tu todo de ocasos perennes
busco tu nada crepuscular
un mundo reducido en los instantes gigantes del tiempo
amo el caos efímero de lo eterno

No busco nada en ti.


Adaptación de Todo o nada
de Lucas Martín Jurado
[destripado y reestructurado por un servidor
bajo el consentimiento del autor
(aunque no sabe que lo he publicado aquí)]

Treinta

Aburrido, harto de estudiar cosas que van a pasar por mi vida sin la mayor trascendencia, te recuerdo. Te recuerdo y te imagino, a partes iguales. Recuerdo cosas que hicimos y cosas que estuvimos a punto de hacer; e imagino que las hacemos, o que las hubiéramos hecho.

Te recuerdo en los bancos del acantilado, donde hacía tanto aire, y cómo tiritabas con cada golpe de salitre fresco, al que nunca te terminaste de acostumbrar. Recuerdo mis brazos rodeándote, entrando en contacto con tu cuerpo, con tu piel en zonas desprotegidas, y cómo te acurrucabas contra mí, hecha un ovillito. Recuerdo besarte la nuca, y tus escalofríos por las cosquillas de mi barba. Recuerdo tus ojos, enormes, mirándome con ese brillo. Recuerdo…

Te veo en el campo, en el río, jugando desnuda en el agua, salpicándome mientras intentaba leer y no hacer caso de tu cuerpo. Recuerdo mi enfado fingido al mojarme, y cómo salté sobre ti para pelearme, casi ahogándonos, y cómo terminamos agotados haciendo el amor en la orilla, mientras mi ropa se secaba al sol.

Recuerdo las peleas tontas por los motivos imbéciles, y las reconciliaciones basadas en el olvido y en la ignorancia de que pudiéramos hacernos daño. Recuerdo tus lágrimas empapando mi camisa por algún miedo insignificante, que para ti suponía un mundo.

Recuerdo quedarme esperando una llamada, solo en un mundo marrón. Recuerdo que esa llamada nunca llegó, y que no recordé olvidarme.




Y ahora me pregunto por qué coño tengo que aprenderme cosas intrascendentes, cuando hay tanta belleza por recordar.



Aunque no estés conmigo para compartirla.

Veintinueve


Siguiendo con las máscaras...

¡Atención!

¡Ciudadanos, tengan cuidado! El Enemigo Invisible procedente del espacio exterior ya está aquí... Podréis reconocerlo por dos motivos:


Motivo número a) Salen bien en las fotos del DNI

Motivo número b) En verdad, son zombies sin cerebro


Extremen la precaución, y si se encuentran con uno de ellos, disimulen, huyan rápidamente, y pónganse en contacto con el Servicio de Protección frente a Plagas Mentales.


Veintiocho

Elegir una identidad

Es una tentación muy grande, ¿no? Decidir ser quien no eres; desvincularte de tus limitaciones, tu cobardía, incluso tus miedos y manías. Puedes ahogar tu frustración con una máscara, convertirte en lo que te gustaría ser, oculto tras una serie de palabras que crees te disfrazan.

Pero no es así; a la larga te acaban delatando. Esas palabras son tuyas, y forman parte de ti, aunque renazcan en cada uno de los que te leen. Seguirán teniendo tu esencia, por mucho que te esfuerces en negarlo, y las verás como traidoras al desenmascararte.






Las palabras nunca mienten.

Veintisiete

Corre. Rápido. Sigue corriendo. Métete deprisa por la madriguera del conejo, y sal por el agujero en el suelo en que vivía un hobbit. Asómate al espejo y observa la segunda estrella a la izquierda, y el camino de baldosas amarillas que lleva todo recto hasta el amanecer. Encuentra en tu carrera desesperada una flor única en el mundo, y un animal finito, muy finito, que te lleve a casa.

Olvida todos esos hombres grises que te roban el tiempo, a los adultos que no tienen tiempo de jugar y divertirse, y que ven sombreros en vez de la cadena alimentaria; esquiva los espadazos de la reina de corazones (¡Que le corten la cabeza!) y los engaños del Profesor Maravilla.

Nunca te escondas de la tormenta que te sigue en casas de madera o paja; no te fíes de profetas a domicilio que meten la patita por debajo de la puerta, ni del consejo meloso del lobo en el bosque.



Pero, sobre todo, nunca corras por las escaleras de palacio con un zapato de cristal... se puede romper, y tiene que doler mucho, no sólo por el desgarro de la planta del pie, sino por la expresión del principe al descubrir que no eres una niña bien del ICADE, sino una persona más.


-La magia permanece invisible entre las palabras.


Ventiseis

Corres, perseguido por no sabes qué. Corres y corres, y el pasillo hospitalario por el que rechinan tus zapatillas cada vez parece más y más largo. Y notas el aliento de la-cosa-que-no-debería-ser pegado a tu nuca, húmedo y pestilente, aunque no lo huelas.

Hay una puerta a la derecha, pero la pasas porque vas muy rápido. Sí, mierda, podrías haberte escondido dentro, pero ¿para qué? Para eso ríndete de una vez. Para, enfréntate cara a cara -o el apéndice asqueroso que tenga el
eso que te persigue- y deja de tener miedo. Es algo terrible vivir con miedo, ¿verdad? Saberte acechado contínuamente. Y el maldito pasillo no deja de crecer, y no lleva a ninguna parte.

Harto, te paras en seco, y al girar te encuentras en un bosque magnífico. Los troncos se elevan al cielo verde que cubre todo en derredor; la luz llega a tus ojos filtrada por un millón de esmeraldas. No se oye absolutamente nada más que el sonido de las raíces escarvando, las ramas estirándose y las hojas naciendo y desperezándose.

El suelo resulta húmedo, rico en vida, con un gran manto de helechos que cubren tus rodillas, y te dificultan el andar.

Oyes un ruido a tus espaldas. Es un ruido que, de tener color, sería marrón; marrón y húmedo. No te giras, claro: el pánico te ha atrapado por completo. De repente, un pajarito se posa en una rama baja, a escasos metros de ti, y parece mirarte, divertido. Tus músculos siguen sin responder, y el pájaro trina alguna que otra vez, saltando travieso en la rama.

Veinticinco

Árbol.


Con manzana.



Y cae...


Cae. Espiral, que da vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y tantas vueltas que marea y no sabes dónde tienes la cabeza, si eres un árbol, o si la manzana está bien sujeta entre tus hombros.


¡Ay! Esa cabecita... Si no la tuvieras sujeta al tronco la perderías, como las manzanas, que desperdician su semilla por vuestras gordas barrigas. Me da igual que hagais aeróbic, juguéis al futbol u os recorrais toda la costa mediterránea cada mañana. Son gordas barrigas. Y la semilla de la manzana acaba en un basurero, con muñecas viejas que papá te tira a escondidas, porque están rotas y viejas, y el que tú las quieras más que a nada en el mundo precisamente por las cicatrices no importa; y hay zapatos viejos, y cartones, y latas de conservas, y botes de plástico, porque eso de separar para reciclar queda muy bien dicho, pero ya está...

Y la espiral me sigue mareando porque gira, y da vueltas, y marea, y me entran nauseas de mirar al infinito fractal que gira y gira y gira, siempre dando vueltas y vueltas y más vueltas. Y yo mientras, caigo. Y mientras caigo, me pregunto ¿por qué tienen punto las íes? Poner los puntos sobre las íes es dejar las cosas claras, en su sitio, de forma correcta; como deben ser.

Las manzanas tienen semillas que caen en espiral a los basureros del alma de un árbol, incapaz de amar a sus juguetes viejos.







Y las íes tienen punto porque son los puntos los que definen a las íes. Sin punto, no son más que áridos palos; troncos secos sin manzanas.