Cincuenta y dos

- En serio... ¡me teneis hasta la polla, ya!
- ¡Pero bueno, tío, a ti qué te pasa!
- ¡Que estoy harto ya de todo!
- ¡Qué coño dices!
- Que sí, joder, que estoy harto. Me teneis harto. No aguanto más vuestras gilipolleces, ni vuestras estúpidas manías, ni vuestros "jo, qué chungo estoy, que mierda de vida llevo". No teneis ni puta idea de lo que es tener una vida de mierrrda; pero ninguno, ni puta idea.
- ¡Te quieres tranquilizar!
- No me sale de los huevos, hombre. Que es que ya estoy mu quemao, joder. No hago más que ver como no haceis nada, como estais ahí, fumando porros, viendo la tele y oyendo esa mierda de música, que es una puta mierda y no hay quien la soporte, y luego os quejais.
- Y tú fumas porros con nosotros también. Y ves la tele...
- Y escucho esa mierda de música, porque no me queda más remedio, porque la poneis a toda ostia y, quiera o no, me la meteis por los oidos. Y sí, fumo porros, vale, y veo la tele. Pero no quiero que mi vida se base en eso. En porros y tele, joder. Eso y quejarme.
- ¿Pero qué coño te pasa?
- Ya os lo he dicho, que me tocais los huevos. Me tocais los huevos con esa pose seudoartística, bohemia de mierda con los gastos pagados por papá, droga incluída. Que no soporto ese rollo de guays, de ir de independientes con ropa de aspecto raída y cutre, pero que vale lo que gano yo en una semana en el bar. Que me jode que vayais a la universidad a fumar porros y a jugar a la pelotita esa de mierda, o a los palos esos de tirarlos al aire y matar a una vieja.
- ¡Que te jodan! Yo no soporto tu incapacidad para convivir en paz en el mismo plano que los demás!
- ¡Que te jodan a ti, payaso! Sois vosotros los que no estais en el mismo plano. No estais en ningún plano, coño: estais flotando sobre la realidad, con vuestro dinero y vuestro jachís y vuestra ropa de marca y vuestras fantasías.

Cincuenta y uno

- ¡Me haces cosquillas!
- Jejejeje
- ¡Estate quieto! ¡Para ya!
- Jejejeje... Hace un momento me decías todo lo contrario...
- Hace un momento no me hacías cosquillas, precisamente.
- ¿Ah, no? ¿y cómo llamas tú a lo que hicimos?
- Música
- ¿Música?
- Sí, música.
- Mientras no sea country...
- ¡El country me aburre!
- Por eso...
- No. Es algo más como jazz, y con algo de blues, también.
- ¿Con algo de blues?
- Sí, me apena que tanto bueno se pueda acabar; me entristece.
- ¡Vaya!
- Pero, de todas formas, sonaba virtuosamente.
- ¿Virtuosamente?
- Como Victor Wooten tocando el bajo, John McLaughlin con la guitarra, o Mike Portnoy con la batería.
- Vale... ¿me estás diciendo que follo como toca el Wooten el bajo?
- Algo así...
- Uau... ¡Vaya!
- Además, conoces estupendamente el instrumento con el que trabajas.
- ¿Instrumento?
- Metafóricamente, sí. Sabes afinarlo perfectamente; y sabes cómo hacerlo sonar bien, sabes qué estás tocando.
- ¿Cómo?
- Hay gente que toca el bajo como si fuera una guitarra, o un cajón flamenco como si fuera un djembé, o, yo qué sé, el piano como un órgano.
- Y luego están los que nunca fueron a solfeo...
- Y también están los que tienen un don, ¿no?
- Jejeje... Gracias por la parte que me toca... Pero no me hace mucha gracia que te quedes fuera; si yo soy McLaughlin, ¿tú qué eres? ¿una guitarra?
- Exacto.
- Entonces dime: ¿qué diferencia hay entre tocarte a ti, o un solo de zambomba, si sólo sois instrumentos musicales?
- Que no es la misma música la que se obtiene con la zambomba que conmigo, idiota.



Cincuenta

BaobaB

Cuenta la leyenda que, hace mucho tiempo, el Baobab era el árbol más hermoso de todos, admirado por animales, hombres y plantas; hasta el mismo Dios (no importa cual, uno) quedó prendado de la belleza del Baobab: de la fuerza de sus ramas, del olor y color de sus innumerables flores, de la viveza de sus hojas, de la suavidad de su tronco y su dureza.

Es por ello que ese Dios, complacido por la hermosura del árbol, lo bendijo con una vida increíblemente lóngeva, aún en los cánones de los árboles.

El Baobab, orgulloso, empezó a crecer y a crecer durante mucho tiempo, haciéndose más y más fuerte, más y más hermoso, y más y más alto. Se hizo tan alto que sus ramas daban sombra a los demás árboles, y no les dejaba crecer, helando a las criaturas que pasaran bajo él, ya que ocultaba por completo el calor del sol. Llegó a crecer tanto que, hechido de orgullo, gritó a los dioses que pronto los alcanzaría.

El viejo Dios, colérico por el arrojo del Baobab, mandó una maldición para castigarle y hacerle aprender modestia, y lo volvió del revés. Así, las hermosas ramas, flores y hojas quedaron enterradas, y el Baobab adoptó la forma de unas raices buscando el cielo.




Nunca os fieis de los regalos de los dioses, que no suelen ser consecuentes en sus actos ni asumir toda su responsabilidad.


Cuarenta y nueve


Tengo el corazón podrido. Se cayó de las venas y arterias que le regaban con tu vida, y quedó arrinconado en mi pecho, lejos de tus ojos y su luz. Poco a poco las tinieblas hicieron que se arrugara y oscureciera, mimetizándose, y yo, por ósmosis, me arrugué y oscurecí también.

Su tersura y suavidad desaparecieron, y me volví retorcido y arisco; su brillo y color marchitaron, y así se encogió mi ingenio y mi humor; sus latidos se apagaron, y dejé de moverme sin ellos.

Los gusanos estarán dando buena cuenta de él, pues tienen dónde hartarse. Mientras lo regaron tus alientos y lo alumbraron tus ojos creció fuerte y saludable. Resistió pulgones, mosquitas y otros parásitos. Creció alto, cerca de la luz y lejos de las manos de los niños, pero oculto a los pájaros voraces. Y, desde esa altura, se derrumbó.

Rebotó contra mis costillas, en mi hígado precirrótico y en mi estómago ulcerado, para asentarse de nuevo en mi pecho, entre los pulmones alquitranados.

Pero, ¿sabes qué? Que no me importa. Que cuando los gusanitos acaben con él, lo único que habrán hecho es deshacerse de una envoltura que impide que lo que tiene dentro termine de germinar, y vuelva a crecer por sí solo, hasta elevarse otra vez a las alturas que le corresponden.