Treinta y nueve

- ¡Joder, el autobus!
- Nah, no era ese. Ese es el 152, no nos lleva a ninguna parte...
- A algún lao llevará, ¿no? Menuda gilipollez de autobús, si no...
- Va a la estación de autobuses.
- ¡Coño! Como todos...
- No, imbécil. Este va a la estación de autobuses, de los de largo recorrido...
- ¿Y dices que no lleva a ninguna parte? Joder, es un primer paso cojonudo, ¿no crees?
- Este que viene ahora sí es el nuestro; cruza rápido...
- Me parece más interesante el otro.
- No te pongas romanticón ahora. ¿Dónde coño te ibas a ir? ¿A ver mundo?
- Vale, déjalo. Ehhh... ¿Me puedes picar tú?
- No, es el abono del mes, no me deja. Toma un euro.
- Gracias.
- ¿Y tu abono?
- Creo que me lo quitó mi gemelo maligno.
- ¿Tu qué? ¿Qué me estás contando?
- Mi gemelo maligno. Todos tenemos un gemelo maligno, ¿no lo sabías?
-¿Qué coño dices?
- Un gemelo maligno, joder... Un tío que es igual que tú, pero que no hace las mismas cosas que tú. Normalmente no tiene nada que ver contigo... Ahí hay un par de asientos libres.
- Vamos.
- Lo que te digo, No tiene nada que ver, y hace cosas que tú normalmente no haces.
- Ah, creo que sé de qué me hablas...
- ¿Sí?
- Sí... ¿recuerdas cuando te dijeron que me había liado con tu hermana? No era yo, era mi gemelo...
- Que te jodan, payaso. Hablaba en serio.
- Eso no te lo crees ni tú.
...




¡Brum, Brum!

Treinta y ocho

El cielo nocturo se oscureció: parecía que la luna, tintada en sangre, absorbiera todo el brillo de la ciudad. Las farolas apenas daban un tenue haz de luz, que difícilmente llegaba a alumbrar el suelo.

Los perros callejeros empezaron a quejarse, inquietos, con un aullido lastimero interminable: los gatos, ariscos, se revolvían en sus callejones. Algo iba mal.

Primero surgió uno, que fue seguido por muchos. Tenían rostros de cera, uniformados, sin ningún rasgo que los diferenciara o te hicieran sospechar que eran humanos: sólo dos aberturas negras y redondas, a modo de ojos vacíos, y una hendidura donde debiera estar la boca. La piel era pálida, pegajosa y suave al tacto, maleable. Los que iban descalzos dejaban tras de sí un rastro brillante de piel, limada contra el asfalto.

Se dirigían todos a un mismo lugar, respondiendo a algún tipo de llamada inaudible, con movimientos lentos y mecánicos, pero perfectamente coordinados. En silencio, avanzaban, y la oscuridad parecía acrecentarse con cada paso, en contraste con su piel blanquecina.

Cuando se reunieron todos en el mismo punto, empezaron a empujarse, de forma lenta y continuada. La piel de cera, blanda, empezó a ceder a la presión, fundiéndose unos con otros. Manos, piernas, brazos, torsos y caras se insertababan unos en otros, aplastándose; la multitud se confundía en una masa viscosa, blanquecina y susurrante. Poco a poco, empezó a ser imposible distinguirlos individualmente, hasta que todos se fusionaron en un gran charco, que seguía contrayéndose más y más.

La tensión fue demasiada, y terminó reventando. Todo alrededor fue salpicado y manchado por la masa viscosa, y allí donde se quedó, empezaron a brotar flores. Poco a poco, toda la ciudad se vio convertida en un
gigantesco jardín multicolor .

Treinta y siete

No sé. Quizá quiera sentirme miserable. Algo más miserable, quiero decir.

He estado releyendo todos tus te quieros, todas aquellas palabras que me dijiste, aquellas notas que me escondiste tan dentro. Hoy no podré dormir; y si duermo, desde luego, no descansaré.

Acabo de rehacer todos esos paseos, esos momentos juntos en los que el mundo no era más que un gran escenario, y nosotros los protagonistas y únicos actores. Cuando el mundo no existía más allá de tu piel, cuando todo el sentido se escondía en tu interior, cuando me tocabas con tus pies fríos debajo de la sábana, buscando algo de calor, es cuando tenía sentido. Pero ya no.

Ahora vago; busco algo que no termino de encontrar. Y temo todo lo que me rodea, que me resulta extraño y hostil. El mundo dejó de ser algo cálido desde que decidiste no alumbrarlo más. Desde las sombras me acechan el miedo, la desconfianza, la soledad, la desesperanza.

El tiempo carece de sentido si no puedo pasarlo recontándote otra vez una historia que ya sabes; mis acciones son estúpidas si no te tengo para regañarme; mi piel es insensible, si no eres tú quien la acaricia.

No sé qué es de ti, ahora. Supongo que seguirás feliz, en tu mundo hecho a medida. Disfrútalo, que yo empezaré a construir el mío cuando termine de recomponer mis entrañas.



Treinta y seis

Tengo que dejar de pensar

Tengo que dejar de pensar

Tengo que dejar de pensar

Tengo que dejar de pensar

Tengo que dejar de pensar

Tengo que dejar de pensar

Tengo que dejar de pensar

Tengo que dejar de pensar

Tengo que dejar de pensar

Tengo que dejar de pensar...

Los Nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.


Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.




Treinta y cinco

Noto como los gusanos se abren paso. Escarban constantemente, a través de los blandos tejidos, de los órganos, esquivando los huesos. Continúan con su labor hasta que la concluyen, y dejan la osamenta perfectamente limpia, sin ningún atisbo de carne o piel.

Pasamos a ser de roca: duros, sólidos, inertes… ¿Seguimos siendo nosotros? Sí, en multitud de pequeñas larvas, con la conciencia tan diluida que no nos acordamos de nada, y somos incapaces de retener nada nuevo. Pero ahora somos un gusanito. O mil.

Me resulta bonito pensar que en la cuneta donde tiraron a mi perra después de atropellarla ahora haya un arbolito. O un arbusto joven, no sé –está al lado de la autovía, y no es precisamente un buen sitio para pararse a mirar, a no ser que quiera formar parte del mismo árbol (o arbusto)–.

Que esa es otra: la manía de almacenar nuestros muertos, para seguir visitándolos –lamentablemente, hasta que nos olvidamos de ellos, principalmente por pereza–. ¿Por qué suelen resultar tan terriblemente deprimentes los cementerios? ¿No deberían ser jardines alegres, sitios para festejar que estamos vivos? Maldita sea la tendencia humana de temer lo desconocido...

Los gusanitos siguen abriéndose paso, y yo sigo con mi sonrisa (algo forzada desde que no tengo labios, pero bueno), feliz por estar en medio de ninguna parte, a mil millas de toda región habitada. A lo mejor, cuando finalicen su trabajo, termino convertido en un bonito jardín de rosas, donde los niños aprendan a valorar que lo que tienen, por el mero hecho de ser suyo, es especial.


Treinta y cuatro

Te echo de menos


Quiero decírtelo una vez más, porque es ahora cuando me he dado cuenta de qué significa realmente. Ya jamás podré acariciarte la mejilla, ni jugar con tu pelo, ni morderte la espalda.


Es triste no poder decir nada más.




Treinta y tres

Estoy harto. No quiero que sigas hablándome de humo y espejos. Me cansa ver cómo construyes fantasías de cosas que nunca alcanzarás porque no eres capaz de estirar el brazo. Deja de hablar de noches de jazz que no escuchas, de libros que no lees, de películas que te aburren, de vivencias ficticias.


Haz el favor de vestirte y salir a la calle, de noche, cuando las calles están húmedas y reflejan las farolas y las ventanas; cuando hay poca gente en la calle y los coches pasan como si les doliera el asfalto. Pasea con el frío, con la cabeza hundida en los hombros y las manos en los bolsillos. Fuma el aire mientras respiras, o cualquier otra cosa. Date cuenta de lo que te rodea.

No es la fantasía con la que vives, de gatos en tejados con deshollinadores que bailan al compás; no te paras a mirar las flores del parque, ni te detienes a ver cómo juegan y sonrien los niños pequeños. No haces ninguna de las cosas que dices; ni me amas apasionadamente, ni me odias.



Treinta y dos

Ya hace tiempo que no bajaba al viejo jardín. El que quedó a oscuras tras la casa, cuando la vida se convirtió en invierno.

Necesita el sol y el calor para ser, otra vez, lugar de gozo y reposo. Le falta color para que vuelva a sentarme en el banco a leer y escribir, a hablar y escuchar, a crear mundos nuevos a partir de sus olores...


He vuelto a pasear, agarrado por ramas huesudas, grisáceas; por colmillos curvos, por raices ocultas; me he sentido, en cierta forma, retenido por un mal presente de un hermoso recuerdo, que me pide quedarme para volver a ser lo que era.



Pero no puedo acabar con el invierno.