Catorce


Hay muchas casas con historias interesantes. Casi siempre, cuanto más polvo tiene la casa, más interesantes son las historias potenciales, aunque el polvo no es condición necesaria para la historia, ni la garantiza.

En el polvo se puede escribir, como en la arena de la playa. La diferencia en que en el polvo no es algo violento como una ola la que acaba violentamente con lo escrito, sino el lento e inexorable devenir del tiempo.

Cuando encuentras una casa vieja, con muebles de madera, y una superficie empolvada, iluminada por los rayos solares que se filtran a través de una persiana, tienes el mejor material para escribir lo importante.

La casa de Julia es el mejor lienzo que he descubierto. Cada mota de polvo está viva, cada partícula tiene una historia escrita en su interior. Julia juega a trenzarlas, contando historias más maravillosas. Sus ojos negros brillan ilusionados cada vez que consigue formar un nuevo mundo en el polvo, y un amago de sonrisa tímida se desdibuja en sus labios. Alza sus manitas hacia mí, ofreciéndome su tesoro: una montañita de polvo que brilla a través del cristal.

Trece

Estoy Muerto (II)

Tras haber obtenido una brillante nota final en mi licenciatura, y por consejo de mi médico, el doctor Hernán, decidí pasar un tiempo en la masía de mi familia. Era un viejo caserón, situado en un paisaje de ensueño: montañas, lagos, abetos y aire puro. Todo ello era bastante conveniente para mi débil constitución, agravada ahora por la enfermedad.

Me instalé en la finca. Hacía mucho tiempo que no iba, y me pareció mucho menor de cómo la recordaba. Ahora no tenía el aspecto de una antigua casa de campo de ganaderos. Había sido remodelada por completo: columnas de ladrillo visto, inmensas cristaleras con vistas al lago y las montañas y una fachada coronada por una amplia terraza.

La casa estaba fría, y olía ligeramente a moho y humedad, por lo que decidí abrir las ventanas durante todo el día, con el propósito de que ventilase.

Dejé mi equipaje en la que sería mi habitación durante el período de mi retiro, y me eché en la cama. Rápidamente me incorporé e introduje mi mano en el pequeño bolso de cuero gastado que siempre llevaba conmigo. Cogí una bolsita de plástico y pellizqué algo de hierba. Saqué un papel de fumar, un filtro y me preparé un porro. Me volví a tumbar en la cama mientras exhalaba el humo del cigarro. Poco a poco mi mente se fue sumergiendo en un remolino. Me incorporé mareado y me dirigí a la terraza, que estaba en mi habitación. Me apoyé en la balaustrada, y dejé que la droga siguiera con sus efectos. Mi vista se fue nublando, y una ligera modorra se apoderó de mí. Mis músculos se relajaron y el cigarro escurrió de entre mis dedos hacia el toldo del patio. Mientras las cenizas incandescentes oscurecían la tela oí el repetitivo timbre del teléfono móvil. Torpemente me acerqué hacia el aparato y, con un brusco movimiento, lo despojé de su batería. «Ya está bien», pensé, «Se supone que estoy aquí para relajarme, y olvidarme de todo lo que significan palabras como “progreso”, “civilización” o “telefonía digital”...»

Miré a mí alrededor, y me di cuenta de un algo bastante curioso: un lujoso televisor de veinticinco pulgadas, un equipo estéreo con reproductor de discos compactos, un ordenador en la salita... Salí al exterior y me percaté de un detalle que me había pasado inadvertido: sobre la terraza se alzaba al cielo una antena parabólica que rezaba en coloridas letras “Vía Digital”

La vida en sí


-No tengo miedo.
-¿De qué?
-De la muerte, no tengo miedo de morirme.
-No digas eso, hombre, no te vas a morir.

Le sonreí. Fue una sonrisa irónica. La intención del tío era buena, pero yo sabía que me iba.

Había sido débil toda mi vida, ¿por qué no iba a seguir siéndolo ahora? Igual que Fede, que había estado toda su vida aplastado. Los demás lo aplastaban con sus caras bonitas, lo eclipsaron por completo. Así que terminó siendo aplastado por un coche, aunque eso fue después de saltar del puente al asfalto. La gente como yo siempre tiene reservadas ese tipo de bromas que gasta la vida. Por lo que no tengo mucha esperanza de salir de esta. De todos modos no tengo siquiera ilusión, siempre se termina en lo mismo, ¿qué más da una desgracia de más o de menos?

Lo peor son mis padres, siempre igual. Toda mi vida quejándose de mí y ahora que me marcho también se quejan. Intentas calmar la cosa, pones ilusión en ello, pero siempre te salen por peteneras y terminas por pensar en tirarte por la ventana del cuarto. Pero, claro, te echas atrás cuando recuerdas que abajo está la piscina de la urbanización de enfrente y te da dentera estrellarte contra el bordillo. Así que no te queda más remedio que joderte un día más y ponerte a ver la tele.

¿La enfermedad que tengo? La verdad es que aún no lo sé, doy tantas vueltas que no me entero de nada; además, prefiero no saberlo. Seguramente será una de esas que te roen por dentro y hacen que se te caiga el pelo. Bueno, aunque no sé realmente si se me cae el pelo por eso, puede que sea por mis padres, que tienen que pagar el tratamiento y el pelo se les cayó hace tiempo (de tanto quejarse) y se me cae el pelo por ellos. No sé.

Y lo de roerme por dentro tampoco me importa demasiado. Desde que me di cuenta del mundo que me rodeaba no hago más que tener esa sensación y, que yo recuerde, no estaba enfermo de nada… sólo de asco.

La vida en sí consiste en ir acumulando todas las desgracias encadenadas a la espalda (o estar encadenado a ellas); al final siempre terminas rompiéndote la columna. Yo por lo menos la tengo bien.

Un día, alguien me llevó a ver a una persona y me dijo: “ Míralo bien, es un hombre que ha vivido mucho, aprende de él”. Yo sólo sé (fue lo único que aprendí) que aquel viejo tenía la espalda hecha polvo y que su mirada no era más que un cuadro descolorido de un naufragio absurdo.

No sé si me moriré hoy o mañana, pero no me asusta. Si mañana me despierto, le diré al enfermero o enfermera de turno que no me sodomice con el puñetero medicamento y me deje descansar en paz sin tener que debatir interiormente sobre mi autoestima antes de dejar mi cuerpo.

Lidia Álvarez de los Corrales Casals

Doce

A veces, en mis sueños, voy allí.

La vieja casa se alza solitaria donde siempre, desde hará una infinidad de tiempo -tanto que quizá no tenga sentido alguno-. Siempre hay algo de bruma y humedad a su alrededor, producto del mar que se encuentra a un centenar de metros. La casa es calma, con la hierba rodeándola como un manto que se confunde con el turquesa del mar y el gris del cielo triste del norte.

Dentro hace frío, pero nunca me importó. Las paredes están desnudas; sólo queda algún mueble y alguna estantería colgando de la pared, con una gruesa capa de polvo recubriéndolo todo, envejeciendo el conjunto, y haciéndome insignificante.

Hay unas escaleras que llevan arriba; y arriba hay una puerta; y tras la puerta, un desván aún más viejo que el resto de la casa, y más polvoriento; y en el desván, entre multitud de tesoros sin valor, hay un gran espejo de cuerpo, cubierto por una sábana sucia y mohosa; y si retiras la sábana, verás a Julia, mirándote con sus grandes ojos muertos.

Julia vive en el espejo. Es curioso, porque el espejo refleja exactamente lo que tiene delante, salvo a ti; bueno, eso, y a Julia. Creo que Julia es demasiado tímida para dejar que te reflejes en su espejo; o a lo mejor es que no hay sitio para más.

La primera vez que la vi, hace ahora como un centenar de años, creo que se asustó más de mí que yo de ella. Je, aún me hace gracia recordar el batacazo que se dio, al saltar para atrás y tropezar con un baul que yo acababa de mover de sitio. Luego se arrastró rápido por el suelo, y asomó sus grandes ojos negros por encima del baul. Seguí petrificado frente al espejo, con la sábana en una mano, y el polvo brillando como confeti a la luz crepuscular.

Entonces nos hicimos amigos.

Once

Estoy muerto

Estoy muerto. Llevo muerto cuatro años, desde que me diagnosticaron un glioma en el cerebro. Cáncer, un tumor, que no me impidió terminar mis estudios de psicología. Irónico destino: toda mi vida consagrada al estudio de la mente humana para terminar así. De todas formas, no es mi muerte lo que me preocupa pues ya la tengo asumida, sino la de todos los demás.

Esta no es la historia de un loco. Conozco bien la locura y sus manifestaciones como para asegurar que lo que yo padezco no es ningún tipo de demencia. Ningún analista ni ninguna máquina, podrá jamás desentrañar los secretos venideros que yacen en mi mente.






Diez

Hay un pozo. y es profundo, ¿sabes? Muy profundo. Tanto que no sé si me saldré del planeta si caigo. La verdad, resultaría un alivio, ¿no? Salvo que sea cierto eso de que no te mata el impacto, sino la caída. ¿O era al revés? De todas formas, iré con cuidadito, agarrado bien fuerte a la barandilla. Pero... ¿y si la barandilla está algo suelta? ¿u oxidada? Menuda mierda depositar tus esperanzas en un trozo de metal podrido y corrupto...

Bah, da igual. No voy a caer porque
no puedo. O no debo, no sé. Pero de lo que estoy seguro es de que no voy a caer, sea por el motivo que sea... Se está tan bien aquí arriba. No hace mucho calor, y las vistas no es que sean bonitas; la gente tampoco es amable, y el cielo siempre se mantiene gris. Pero puedo sentarme con los pies colgando sobre el vacío, y apoyar la barbilla en la barandilla. Y entonces me siento inmortal. Y ya ves, todo gracias a un trocito de metal herrumbroso.

Nueve



Siempre quise escribir sobre los sueños. No sobre mis sueños, que rara vez recuerdo, sino sobre los sueños. Sobre el Sueño.


Nunca he querido saber qué son los sueños. No me interesa descubrir que "los sueños son manifestaciones de nuestro subconsciente que...". No deseo entender los sueños, porque no creo que tengan un sentido fuera de sí mismos.

Ocho

No ves nada más que el camino; el camino, la ladera de la montaña, y el vacío blanco al otro lado. Estás en la nube. La blancura te deslumbra e impide ver tu meta. Tus botas se deshicieron hace tiempo contra las rocas, y ahora un reguero de sangre marca tus pasos.

En una curva pisas una piedra plana, húmeda, que con tu sangre te hace perder el pie y caer. Resbalas unos segundos, para darte cuenta de que flotas en el vacío, en la blanca nada de aire. Te giras, aún temiéndo hacerlo; quieres ver el suelo cuando salgas de la nube, y quieres ver el impacto, como cuando sueñas que caes; y quieres vivir ese fundido rápido a blanco con el que la gente muere en el cine.

Tras el fundido, despiertas. Te has dormido mientras caminabas. Sólo puedes ver el sendero ante ti, pero, de repente, tus pies no duelen, tus brazos no pesan, tus ojos no te ciegan, y eres capaz de vislumbrar, allá a lo lejos, la cumbre dorada que te envenena.


Siete

Es cansado, pero continúa. La montaña se alza interminable ante él; las piedras del camino se le clavan en las plantas como cuchillos, y las heridas le arden como si andara sobre ascuas. Él sigue adelante. Los brazos le pesan, colgando inerte de su costado; la sangre está medio seca, formando caprichosos dibujos rectilíneos de color marrón sobre su piel oscura, teñida por el sol, el sudor y el polvo. Las ramas siguen lacerándole la cara, las manos, como punzones vivos movidos por una voluntad ajena a todo, pero no se detiene.

Las aristas rocosas de donde crecen espinos -¿cómo pueden sobrevivir en este infierno de piedra?- amenazan con engullirle. Las sombras amenazan su paso, pero entre las peñas puede intuir su objetivo, parcialmente oculto por las nubes.

Desea Soma, y sentarse en una roca al pie del camino, y olvidarse de todo, y quedarse dormido hasta morir, y que sus restos sirvan de alimento -¿a quién, en este infierno de piedra? Seguramente nadie repararía en sus huesos, porque nadie querría llegar hasta ahí-. Desea muchas cosas, con muchas consecuencias, pero nada con tanta fuerza como llegar a la cima, invisible tras el manto nublado.

No sabe qué busca.

Seis

Se desespereza en la cama; sobre todo, estira las piernas, hasta que las rodillas se le meten para dentro, con un leve chasquido que le hace sonreir. Se da media vuelta, y escucha la música del despertador. No importa qué es lo que suena -del heavy metal al jazz-, que vuelve a cerrar los ojos y a dormirse hasta que suena el despertador del móvil. Vuelve a girarse y lo apaga. Cierra los ojos. Duerme.

Se despierta sobresaltado -alguna parte de alguna canción que alguna parte de su mente asocia a algún recuerdo particular-, y abre los ojos mucho. Se incorpora un poco, y en dos tiempos, para ver la hora en la pantalla del despertador. Sabe que no es la hora que marca, porque el despertador está adelantado algunos minutos (¿cinco, diez?) respecto al móvil, que también tiene un adelanto -¿cinco minutos? ¿diez?- respecto al estándar horario. Se incorpora del todo, se pone el pijama y se calza unas chanclas, para ir al baño.

Desconecta la alarma con los ojos pegados -¿cómo es que todavía no le ha saltado nunca, ni dormido ni borracho?-, que hace un ruido increíblemente molesto y punzante en sus aletargados oídos, y pasa al baño. Enchufa la ducha, y deja que caiga el agua hasta que hierva, y le escalde la piel. Se mete, y sale al rato, más despierto y, desde luego, más cocido.


Cinco

Cruza la calle sin mirar. La vida es más valiosa cuando se arriesga, y tiene que luchar por sí misma.

¿Arriesgarla inútilmente? No, pero sí hacer que tenga valor; que puedas mirar atrás, y te sientas henchido de orgullo. En definitiva, hacer que la vida merezca la pena, que sea vivida plenamente, y sin privarla de nada.

Cruza la calle sin mirar.

Cuatro

Ahora tengo un pez.

Mola, está ahí al lado, y no da problemas. Sinceramente -y a pesar de haber visto la de Buscando a Nemo-, creo que hay poca diferencia entre ese pez y uno de verdad; o de los que salen en las televisiones modenas como salvapantallas. No le encuentro mucho chiste a los peces, la verdad. Se entiende que cuando digo peces me refiero a pececitos domésticos, a los que están apresados en una cárcel de cristal.

Lo que siempre me gustaron de los peces son los acuarios. Supongo que tiene que tener relación con el modelismo, con las maquetas y los muñequitos que siempre empiezo a pintar hasta que me canso. Los acuarios son geniales, porque además de hermosos, de haberlos hecho tú (no me valen las peceras redondas que te daban en el tiro al blanco de la feria), tienen utilidad: son casitas para peces...

Y aunque los peces no me digan nada, sus casitas sí. Tienen castillos enanos, y buzos que se asfixian por una pérdida en la bombona, y tesoros perdidos de piratas olvidados, y galeones en ruinas, piedrecitas de colores casi sicodélicos y algas sicotrópicas.

Mi pez no tiene nada de eso. Tiene esta página que lees, pero que a lo mejor puede convertirse en algo tan fantástico como la pecera, si te pones a tirar piedrecitas de colores, a hundir barcos para que pierdan sus tesoros, y a ahogar buzos que exploran castillos inundados.

Tres

De la inacción como forma de vida


No es gratificante, la verdad, pero tampoco te supone un problema cuando eres capaz de abrazarla. No vas a ponerle pegas a nada, cuando la nada se convierte en tu objetivo.


Dos

La puerta se abre con un leve quejido y te adentras en la penumbra. Mis ojos, ya acostumbrados a la oscuridad apenas distinguen tu forma moviéndose sigilosamente, rodeándome. Puedo sentir tu esencia desde donde estoy; imagino tus ojos amarillos clavados en mí, acechando. Respiro nerviosa cuando te siento más cerca y tu olor toma forma entre mis piernas, humedeciéndome. Tiemblo bajo la sábana, y te imagino sonriendo burlonamente, con esa mueca de desprecio y placer que sabes que me duele tanto. Te tomas tu tiempo para acercarte, como un depredador hambriento observando a su presa. Sé lo que vendrá a continuación, pero no por ello me siento más tranquila. Mi corazón palpita furioso, y, poco a poco, en mi interior, brota una llama. Sabes perfectamente lo que deseo, lo que necesito, pero esta noche quieres jugar; juegas con mi cuerpo, juegas con mis sentimientos; juegas con mi alma.

Lentamente descubres mi cuerpo tembloroso, ansioso de ti, al retirar la sábana de raso que cubría mi desnudez. Recorres mi cuerpo con tu mirada, analizando cada pequeño poro, cada lunar, cada arruga. Tus ojos de animal se cruzan fugazmente con los míos, pero ahora me siento incapaz de soportar tu mirada, y bajo la vista, sólo para descubrir que tú también estás desnudo. Te arrodillas junto a la cama, y tomas entre tus manos mi pie izquierdo. Lo masajeas lentamente, y sigues subiendo por la pantorrilla hasta el muslo. Toda yo estoy expectante, me siento poco a poco invadida por ti. Un profundo escalofrío me recorre cuando pasas de una pierna a otra y rozas mis ingles de forma casual. Sigues acariciando mis piernas, y tranquilamente dejas que tus manos recorran mi cuerpo, pero te cuidas de que toquen cualquiera de mis zonas más sensibles, aquellas que sabes que me proporcionan más placer. Yo intento incorporarme, deseosa de estrecharte entre mis brazos, de refugiarme en el calor de tu pecho y dormitar feliz en él como una niña pequeña en brazos de su padre, pero me lo impides arrojandome sobre el colchón, y sujetando mis muñecas con una mano. Me entrego a ti, me encuentro completamente a tu merced; tú ya lo sabes, y disfrutas con esto.

Te complaces torturándome. Besas todos los rincones de mi cuerpo, pero sin detenerte un segundo en ninguno de ellos, dejándome con las ganas de morder tus labios hasta que sangren y poder beber el preciado líquido como una vampiresa, hambrienta de ti. Con la mano libre empiezas a recorrer mi espalda, suavemene, acercandote lentamente hacia mi culo. Cuando siento tu mano agarrándolo con fuerza no puedo reprimir un gemido. Sigues tocándome, besándome, y yo sigo indefensa ante ti. Tu lengua empieza un baile frenético con la mía. Tus labios se funden con los míos, y quisiera quedarme así toda la vida, si no me faltara el aire. Te separas de mi boca, y lames con la punta de tu lengua mi mentón hasta llegar a mi oreja. Muerdes el lóbulo, y yo me retuerzo para evitar las cosquillas que me causa tu lengua en mi oído. Bajas lentamente por el cuello, besándolo y mordiéndolo, hasta que suspiro cuando siento su aliento sobre mi pecho. Alzas la vista y sonríes. Rozas un pezón con tu dedo índice, y acercas suavemente tus labios a la fruta que te ofrezco. La muerdes, la besas y la succionas, y consigues que en mis entrañas el fuego empiece a consumirme. Mi sexo está tan húmedo que incluso me da vergüenza. Pareces leerme el pensamiento y te separas. Mi respiración es cada vez más fuerte, imagino tus intenciones. Sigues bajando hasta que te encuentras con mi ombligo, y más allá. Acercas tu cara a mi sexo, húmedo por ti, pero no heces nada. Sigues torturándome, y te limitas a observarme. Pareces divertirte con la situación, cuando sabes que me estás haciendo más daño que nunca. De repento siento como inundas mi interior con tu lengua. Besas mis labios, los muerdes, juegas con mi vello... Cuando notas que las convulsiones y mis movimientos son más violentos empiezas a introducirme dos dedos por el coño. Yo me siento morir de placer, y dejo escapar algunos gemidos. Inento controlarme, pero estoy tan excitada que no puedo, y tengo que sofocar la expresión de mi placer tapándome la boca con la mano. Humedeces con mi nectar un tercer dedo, que se dirige hacia mi culo. Me muerdo el labio para evitar chillar cuando lo introduces y te pones a chupar mi clítoris. Mis convulsiones son tan fuertes que, si no me estuvieras sujetando por el pecho con la otra mano saltaría de la cama al suelo.

Cuando notas que estoy a punto de correrme paras. Te separas de mí y sacas violentamente tus dedos de mi interior. Te incorporas y me miras fijamente. Yo me abalanzo sobre ti y me arrodillo. Quiero hacerte sufrir como tú me lo has hecho a mí. Quiero oirte suplicar para poder correrte, pero cuando me encuentro con tu glande balanceándose a escasos centímetros de mi cara no puedo reprimirme e introduzco tuda tu polla en mi boca. Al sentir el calor y la humedad gimes; el primer sonido que has hecho. Me controlo un poco y me retiro. Beso tus muslos, mientras que con una mano te acaricio el culo y con la otra te masturbo muy despacio. Lamo tus testículos, y deslizo mi lengua por tu pene hasta llegar al glande, que empiezo a besar y a introducir en mi boca.

La excitación es tan fuerte que noto como resbala el flujo por el interior de mis muslos, y muevo de forma instintiva la mano a mi entrepierna para intentar aplacar el fuego de mi interior. Te das cuenta de lo que estoy haciendo, y de forma brusca me separas de ti, me coges en brazos y me dejas en la cama. Empiezas a besarme, y tus manos rebuscan más allá del límite de mi piel. Cuando me quiero dar cuenta tengo las manos atadas por las muñecas con gruesas cuerdas de algodón, y lo último que veo es cómo coges un pañuelo y lo utilizas para vendarme los ojos. Mi interior está al rojo vivo, y tú te diviertes torturándome de este modo. Sin la vista, las caricias se vuelven mucho más intensas. Me encuentro tumbada en la cama, con las piernas separadas, gritándote con todo mi cuerpo que me folles, que acabes con este sufrimiento. Sin saber cómo te encuentro encima de mí. Tu peso aplastándome contra el colchón, haciéndome sentir inferior a ti. Entre mis piernas siento cómo avanza tu pene hasta la abertura de mi sexo, pero quieres que sufra más retrasando la penetración, amagándola. Finalmente mi sexo devora al tuyo en un lento beso. Siento cómo te vas abriendo paso en mi interior; siento la fuerza, la dureza el calor... Empiezas a moverte rítmicamente, acelerando y parando, mientras no dejas de besarme. El ritmo se hace cada vez más frenético y yo lucho por librarme de las ataduras. Forcejeando consigo aflojar el nudo y soltarme. Te abrazo con fuerza, y clavo las uñas en tu espalda. Tu empiezas a jadear como un animal, y mis gemido son tan fuertes que creo que todo el mundo se va a enterar de mi felicidad. Tus acometidas son cada vez más salvajes, y a mí me cuesta cada vez más retrasar lo inevitable. Empiezas a morderme los labios, el cuello, los hombros, y noto cómo tiemblas. Empiezo a correrme sólo de pensar que que debes estar sintiendo, y repentinamente noto un calor y una humedad fuertes en mi interior. Siento cómo me inundas mientras exploto de placer y gozo abrazada a ti. Después de todo sigues moviédote suavemente, hasta que te deslizas de mi interior. Al quitármelo, el pañuelo con el que me vendaste está empapado con mis lágrimas.

Uno

Mira fijamente cómo parpadea el cursor en la pantalla; en blanco, su inmaculada vacuidad le quema las retinas, insulta a su voluntad (¡a ver si tienes cojones de rellenarme de una puta vez!). No aparta la mirada, que sigue perdida en un punto que se encuentra más allá de cualquier cosa visible; tampoco él alcanza ese punto, aunque la hipnosis que le produce el ir y venir del marcador le acerca peligrosamente.

Las manos, sucias, siguen apoyadas inertes sobre el teclado, mugriento. El desorden que le satura le hace sentir confortable: libros apilados y sin ninguna relación posible entre sí, discos amontonados, bolígrafos gastados en garabatos sin valor, papeles y papeles... No extraña el útero materno porque es incapaz de recordarlo, pero no se imagina un sitio que sea más él que ese microcosmos caótico.

De forma distraída se rasca un ojo, que le pica. Desentumece el cuello, estirándolo sobre cada hombro y haciéndolo crugir. Se sienta, haciendo que su espalda recupere la vertical con un chasquido de dolor medular, y parece que reacciona. Mira decididamente a la pantalla, y sonríe. Apaga el ordenador.

Mañana volverá.